Tuvieron que pasar más de quince años del acuerdo de paz para que el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional FMLN ganara la presidencia en El Salvador. Pero lo hizo. No pocos pensaron que sería más rápido. Porque también esta guerrilla estuvo a punto de ganar la contienda armada y cuando firmó la paz tenía un importante respaldo en la población.
El paso de los años fue mostrando que no era lo mismo la guerra que la lucha política civilista. Que en esta la seducción de los ciudadanos es el elemento fundamental. Al principio el FMLN se empeñó en poner candidatos con historia en sus filas, representativos más del pasado guerrillero que del presente pacifista, y no pudo conquistar las mayorías ciudadanas.
Ahora se atrevió a designar como candidato a Mauricio Funes, un hombre que había tenido un nexo indiscutible con el FMLN, pero que venía del ámbito de los periodistas. Tuvo, durante un tiempo, un programa de opinión de gran impacto.
Tan importante es la imagen que proyecta el candidato que Funes ganó la presidencia y Arena, el partido de la derecha que ha gobernado el país durante más de veinte años, mantuvo sus mayorías parlamentarias y en las elecciones locales se quedó con la Alcaldía de la capital.
Tampoco se puede exagerar este rasgo de la política contemporánea. También el FMLN ha tenido la paciencia para ir poco a poco ganando espacios en la vida salvadoreña. Durante varios periodos ganó la alcaldía de San Salvador y realizó importantes gestiones en una buena parte de los gobiernos locales de este pequeño país centroamericano.
Las lecciones para Colombia son muchas. Es admirable que Arena, un agrupamiento que bien puede calificarse de extrema derecha, le dé paso con tranquilidad a un gobierno de izquierda dura. Es algo que habla muy bien del tipo de democracia que se ha forjado allí en no más de veinte años. La disposición a la alternación política, la convicción de que en la civilidad caben todas las opciones.
En Colombia mucha gente se rasga las vestiduras cuando oye mencionar la posibilidad de un gobierno de izquierdas y una parte de la violencia de hoy se gestó en los días en que la Unión Patriótica, que había sido creada por acuerdo de las Farc con el gobierno de Belisario Betancur, ganó varias alcaldías y obtuvo una importante bancada parlamentaria, pero fue desalojada a tiros de los espacios democráticos.
Esos episodios no los olvida nunca la guerrilla y hoy echa mano de esa tragedia para justificar su barbarie. Es cierto que no podemos aceptar esta lógica macabra, pero es indiscutible que en las miles de muertes de la Unión Patriótica está el origen de la ferocidad con que hoy combaten las Farc.
Las lecciones son para lado y lado. Bien harían las guerrillas del ELN y las Farc en mirar hacia el Salvador. Allí se corrobora una vez más la tendencia de América Latina a elegir gobiernos de izquierdas en abierta y libre competencia política.
Colombia, en cambio, a contravía de lo que ocurre en el continente, tiende a acentuar su apego a la derecha. En estos seis años de gobierno del presidente Uribe se han popularizado como nunca las ideas más conservadoras y retardatarias.
La persistencia de las guerrillas ha contribuido enormemente a afianzar las posiciones de la derecha más recalcitrante y, sin duda, ayuda a justificar las otras expresiones de la violencia, quizás más degradadas y perversas pero menos visibles y, sobre todo, menos repudiadas por la opinión pública.
La suerte de la izquierda hubiese sido otra si desde los tiempos del Caguán la guerrilla se hubiera atrevido a dar el salto hacia la paz. Quizás ahora estaríamos disfrutando una democracia más pluralista y menos atravesada por la feroz violencia y por las mafias.
Nunca es tarde. Aún hoy el favor que le pueden hacer las guerrillas al ascenso de las ideas de izquierda es impresionante. Con sólo declarar y cumplir la abolición del secuestro y anunciar su disposición a abrir unas negociaciones serias de paz, cambiarían el escenario de las próximas elecciones.
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