A Hayao Miyazaki le gusta Bugs Bunny y la actriz Lauren Bacall. Quizá tiene que ver con eso que está en sus películas, infaltable: la fantasía. "Lo que nos dice es que tenemos que aprender a convivir con los monstruos, con la magia, con nuestro planeta. Sus personajes tienen que aprender a convivir con los seres que le rodean", cuenta Samuel Castro, el crítico.
Miyazaki ha contado muchas historias. Tiene 72 años y unos 40 de carrera. Esa primera vez era 1978. No fue en la pantalla grande, sino en la chica, como director en la serie de televisión Conan, el niño del futuro. Luego, no mucho después, vino su primer largometraje, El castillo de Cagliostro.
Solo que su nombre empezó a sonar en 1984, cuando llevó al cine el cómic Nausicaä del Valle del Viento y luego creó su productora Ghibli, con la que compitió, de frente, con las productoras americanas.
Miyazaki se hizo un hombre respetable en la animación de su país, Japón, y en el mundo. No solo es cineasta, sino guionista, dibujante de manga y productor de dibujos animados, animés japoneses. Es ahí, sobre todo, donde se volvió más importante.
"El gran valor que tiene es que conformó un universo personal como autor de animación. Llenó de fantasía y creatividad y nos sacó de lo que estamos acostumbrados con Disney y los personajes. Una riqueza técnica, una mitología personal, con unas narraciones casi siempre protagonizadas por niños", explica Juan Carlos González, el crítico.
Solo que empezó a acostumbrar a sus seguidores a sus ideas. Él es un pionero en hacer animaciones que contaran historias para adultos. Sus películas son complejas. No subestima a los niños, ni a los adultos. Los dos pueden disfrutar y hay retos puestos en esos que caminan en la pantalla. "Propuso —dice Samuel— que se pueden crear historias fantásticas, con mensajes ecológicos, para todo el mundo". Sin dejar de lado, nunca, la fantasía.
Lo que hace el director, precisa Juan Carlos, es poner unas reglas, "y uno tiene que meterse ahí. Son muy universales, de cómo se cuenta un cuento".
Hasta el Oscar, que es un premio muy occidental, se fijó en él. Una nominación por El Castillo ambulante y una estatuilla por El viaje de Chihiro. Muchas personas, de este lado, lo conocen, sobre todo, por ella. Aficionados al anime, sin embargo, expresa Samuel, dirán que la Princesa Mononoke "es una de las películas más bonitas que han visto".
La última de Miyazaki, El viento vuela, se estrenó en Japón en julio y ayer se presentó en el Festival de Venecia, con una noticia, quizá como sorpresa de película, que contó Koji Hoshino, el presidente de Studio Ghibli: "Miyazaki ha decidido que este fuera su último trabajo". Aunque queda una puerta, para los seguidores: los cortos y otras creaciones que no sean ni producir ni participar en largometrajes. No dijo nada más. Prometió una rueda de prensa en su país. "Es un golpe muy duro para el aficionado al cine, comenta Samuel, porque representa a un contador de historias muy peculiar". Un contador que ahora cuenta en su propia vida.
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