Son trabajadoras de "jornada perpetua más que continua". Una ruptura de un tubo puede despertarlas a las 3:00 a.m. y el almuerzo seguro las sorprende entre una junta y otra. Lo hacen como una devoción más que una carga, dicen.
Hacen parte de una especie de grupo bien avenido, en el que más que competidores, hay colegas. Y por un fortuito designio, la mayoría son mujeres.
Su labor es administrar algunos de los centros comerciales de la ciudad, los que se conocen al detalle, al punto de saludar a los asiduos visitantes por su nombre.
Identifican hábitos, como el de los "Miranda Peláez", una típica familia que va a "loliar". Entran a cinco almacenes, se miden toda la ropa, prueban todo lo que les dan gratis y no compran nada.
Han cambiado los tiempos, precisan. Un centro comercial es un sitio de encuentro, el espacio para pasar largas horas, de reencuentro familiar, para hacer negocios, también, pero a veces, poca compra. Y ese es, justamente, su desafío: atraer e invitar.
¿Y ellas van de compras en su centro? Claro que sí. Hasta les llevan las ofertas de último minuto a su escritorio.
Les gusta lo que hacen. Las mantiene en permanente actividad, frenética, podría decirse. Cuando pasean, visitan otros centros y comparan. Nada se les escapa.
Su poder de conciliar y comunicarse no se agota. Lo que hacen con vigilantes, vendedores, miembros de junta, propietarios, comerciantes... la lista es larga.
Enfrentan cada día con creatividad y mucho "aceite, para que todo les resbale". Su tarea es priorizar y mantener todo en orden, como si cada lugar fuera su propia casa.
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