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Flores, visión de la felicidad

  • Arturo Guerrero | Arturo Guerrero
    Arturo Guerrero | Arturo Guerrero
02 de agosto de 2011
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En 1911, en vísperas de cumplir medio siglo de edad, Maurice Maeterlinck, nacido en Bélgica, radicado en París, ganó el premio Nobel de Literatura.

Poeta, dramaturgo, ensayista, fue prodigioso escrutador de las criaturas de la naturaleza -abejas, flores, hormigas-, reconcilió a la ciencia con la poesía y se reveló como el primer místico de la era científica.

Cuatro años antes del galardón orbital, publicó su opúsculo más conocido, "La inteligencia de las flores" , en que estas brillan no tanto a causa de sus evidentes tintes, dibujos y fragancias sino gracias a su aspiración de luz y de trascendencia en la vida. Atadas de raíz a la inmovilidad del suelo, "recurren a astucias y combinaciones -escribe Maeterlinck-, a asechanzas que, en punto a balística, aviación y observación de los insectos, precedieron con frecuencia a las invenciones y a los conocimientos de los hombres".

Las flores existieron antes que los insectos en la Tierra y adaptaron sus costumbres a la llegada de estos portadores de su fecundación. Fabrican néctar, que les es absolutamente inútil, solo para atraer al polinizador, mensajero de amor. En intento de escapar de la inmovilidad de abajo, cautivan o evocan alas con las cuales alcanzan por arriba espacio y tiempo.

Sabedoras de que toda semilla que cae al pie del árbol o planta madre se pierde, han inventado sistemas de diseminación y propulsión que prefiguran la aviación humana: hélice aérea, resortes explosivos, peras surtidoras, cápsulas con disparador. Niños y viejos se divierten en el campo estallando con sus dedos de modo extemporáneo estas mínimas granadas de fragmentación.

Errores, tanteos, desengaños son frecuentes en este aprendizaje de adaptación. El trabajo de invención para asegurar el porvenir de la especie se parece al del hombre. Solo que "las horas son los años de la flor", a decir del sabio belga. "Diríase que las ideas acuden a las flores de la misma manera que se nos ocurren a nosotros -explica-. Conocen las mismas leyes, las mismas decepciones, los mismos triunfos lentos y difíciles".

Poco importa el nombre que se le otorgue a la inteligencia de las flores, poco el hecho de que en ellas el interés de la especie esté por encima de cada individuo, lo cierto es que "en ellas se concentra el esfuerzo de la vida vegetal hacia la luz y hacia el espíritu", insiste Maeterlinck, quien alaba que con las flores "por primera vez tengamos una visión satisfactoria de la felicidad".

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