En uno de los días más calurosos del verano madrileño, cientos de miles de jóvenes peregrinos sufrieron su particular "calvario", para asistir al Vía Crucis presidido por Benedicto XVI, dedicado a los cristianos que son perseguidos en el mundo.
Horas antes de su inicio, una multitud de fieles se agolpó en el paseo de Recoletos de Madrid, una de las principales arterias de la ciudad, reconvertida por unas horas en una gran Vía Dolorosa.
Las altas temperaturas que están acompañando la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), obligaron a los jóvenes a idear originales métodos, como las pistolas de agua y los pulverizadores, para refrescarse, y a buscar la sombra de árboles y monumentos para refugiarse del sol.
Embotellada, en bolsas o recogida de las fuentes en improvisados envases, el agua era un bien de primera necesidad para los peregrinos, tanto, que a lo largo del paseo los vendedores ambulantes no daban abasto a repartirla.
A través de enormes altavoces, los organizadores de la JMJ aconsejaban a los fieles hidratarse constantemente y cubrir sus cabezas con sombreros, para evitar posibles golpes de calor y lipotimias.
"Estamos muy fatigados, porque nos levantamos muy temprano y luego hay una apretada agenda que cumplir, pero todo merece la pena por estar aquí, con el Santo Padre" explicaron a Efe un grupo de chilenas.
El cansancio acumulado desde el pasado martes, principalmente la falta de sueño, se notaba en los rostros de los jóvenes que aprovechaban el césped de los alrededores de la plaza de Colón, punto de partida del Vía Crucis, para descansar e incluso, dormir un poco.
Banderas de todos los colores descansaban apoyadas en los árboles mientras otros peregrinos pasaban el tiempo jugando a las cartas o enfrascados en todo tipo de lectura, desde pasajes del Evangelio a novelas y periódicos deportivos.
"Estamos notando mucho calor. ¡Pero es el calor de nuestros corazones!", animaba por megafonía una joven voluntaria de la JMJ.
"Viva el Papa, que ya viene", gritaban un grupo de fieles colombianos. Uno de ellos, Francisco, señaló a Efe que el Vía Crucis era uno de los símbolos más importantes de la fe de la Iglesia, y que se sentía feliz por poder realizarlo "todos unidos".
"Ver a los jóvenes de tantos países nos hace sentir que en todas partes del mundo está Cristo. Es hermoso", aseguró.
Francisco explicó que durante la recreación de la pasión de Jesús pediría a Dios fe. "Que me de más fe y me ayude a ser un buen cristiano, porque todavía me falta mucho para serlo", dijo.
La mayoría de los jóvenes que, como él, han podido viajar desde muy lejos hasta Madrid para encontrarse con Benedicto XVI afirman que se sienten "unos privilegiados".
Por eso, hasta en los momentos en los que se hacía imposible avanzar en el camino hasta los monumentos religiosos que presidían el Vía Crucis, ellos preferían cantar y corear una de las frases más repetidas estos días: "Esta es la juventud del Papa".
Ilusión por la verdad
La segunda y apretada jornada de la JMJ, la inició Benedicto XVI con un encuentro privado con el rey Juan Carlos, en el palacio de la Zarzuela, en el que compartieron su preocupación por los problemas de la juventud actual y coincidieron en la necesidad de encontrar salidas a la insatisfacción que muestran los jóvenes.
En el monasterio agustino de San Lorenzo de El Escorial, a donde acudió posteriormente, el Pontífice alertó contra los "abusos de una ciencia sin límite".
En un emotivo encuentro con 1.664 jóvenes religiosas, en las que estas pidieron al papa que contara con ellas para ayudarle a llevar su "pesada cruz", el Papa denunció que "en la sociedad actual se constata una especie de eclipse de Dios, una cierta amnesia, más aún, un verdadero rechazo del cristianismo y una negación del tesoro de la fe recibida, con el riesgo de perder aquello que más profundamente nos caracteriza".
Después, y en la basílica del monasterio, el obispo de Roma mantuvo un encuentro con el mundo académico y universitario en el que participaron 1.200 jóvenes profesores universitarios.
Tras afirmar que los jóvenes necesitan auténticos maestros, personas abiertas a la verdad total en las diferentes ramas del saber, el Papa exhortó a los profesores a no perder nunca la "sensibilidad e ilusión" por la verdad, a no olvidar que la enseñanza no es una escueta comunicación de contenidos, sino una formación de jóvenes, y les pidió que sean "para ellos estímulo y fortaleza".
Porque, subrayó, no se puede avanzar en el conocimiento de algo "si no nos mueve el amor, ni tampoco amar algo en lo que no vemos racionalidad".
Benedicto XVI regresó a continuación a la Nunciatura apostólica en Madrid donde almorzó con doce chicos y chicas participantes en la JMJ y representantes de los cinco continente.
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