Aunque es casi unánime entre los colombianos que la muerte del "Mono Jojoy" es un golpe importante a esa guerrilla, es claro que no todo en este país se puede seguir solucionando a punta de bala.
Admito, sería un idiota si no, que en una guerra, y más en una como la que hemos padecido los colombianos por más de medio siglo, ha sido necesario atacar las cabezas del mal con la esperanza de que al caer éstas, el cuerpo que asesina, trafica, secuestra, viola, también caiga, se muera para siempre; pero como hemos visto, pocas cosas cambian. El mal se bifurca, evidencia que a una cabeza la sostienen unos pies, un tronco, un cuello que en poco tiempo, en una extraña metástasis, a falta de una cabeza, aparecen dos, tres, para darle continuidad a las peores pesadillas de un país que ante los golpes "contundentes" no le queda sino preguntarse ¿Y ahora qué, quién sigue, quién viene, cuál es el nuevo cancerbero? Pero jamás se responde la pregunta ¿cuánto tiempo durará esta guerra, qué otra cosa podemos hacer?
No quiero quitarles ningún mérito a los últimos operativos de la fuerza pública que han puesto en libertad a secuestrados y han dado duros golpes a la subversión. Me impresionó, por ejemplo, lo del chip en las botas del cabecilla derrocado, como de película ¿no?; lo que quiero que se considere en medio de esta guerra firme de bala es que se estimulen otras opciones con la misma intensidad, de lo contrario, esta guerra será insostenible, será infinita y se robará las pocas esperanzas que quedan hasta volvernos eternamente insensibles. Me explico.
El orden, la tranquilidad de un país no pueden depender sólo de la fuerza pública. Cuando esto pasa es porque todavía hay una guerra evidente, hay una fuerza del mal que nos sobrepasa. Cuando nos sentimos tranquilos por las carreteras porque hay mucho Ejército pendiente de nuestro trayecto, significa que evidentemente hemos progresado en "pie de fuerza" pero no hemos avanzado nada en convicción, mucho menos en conciencia y no hay destellos de responsabilidad civil. La verdadera seguridad es aquella que surge en la conciencia de las personas, que se construye con hechos, que se aprende y se afianza con el tiempo. Valorar la vida del otro, enseñar el respeto y la dignidad, son las lecciones que deben impartirse en las aulas mucho antes de aprender a sumar y a restar. ¿Cuántas veces la "fuerza pública" ha tomado el control de los barrios, campos, carreteras y universidades y cuántas veces los ha vuelto a perder apenas se marcha? Si no se estimula esa conciencia en las personas, esa responsabilidad natural del ser humano que le da el valor a la vida, Colombia jamás será un país libre y en paz.
Es claro que el Estado, por más que lo intente, nunca podrá estar presente con su "pie de fuerza" en todas partes, he aquí entonces cuando esta hipótesis de la responsabilidad, de la convicción, de la educación profunda y consciente es la primera guerra que se debería ganar.
COLETILLA: Mucha razón tenía el gran dramaturgo Eugène Ionesco cuando dijo: "Si matamos con el consentimiento colectivo, no nos remuerde la conciencia. Las guerras se han inventado para matar con la conciencia limpia".
Pico y Placa Medellín
viernes
7 y 9
7 y 9