No quiero ser aguafiestas pero la verdad no creo que poniéndole una equis a los rostros de los bandidos que se buscan se termine esta guerra. Cabecillas siempre existirán aquí y en cualquier régimen guerrerista del mundo. Los Estados siempre tendrán que estar buscando a alguien para justificar un accionar violento. Estados Unidos es un buen ejemplo, desde luego ha sido astuto y sus enemigos casi siempre han estado por fuera, en otras latitudes para que no alteren la tranquilidad de las granjas, la armonía perpetua de los garajes abiertos del país que históricamente institucionalizó el "Wanted".
Colombia, por supuesto, desde hace mucho también ha tenido sus cabecillas, sus peligrosos objetivos. La lista ha sido larga y con el pasar de los años ha cambiado increíblemente. Ninguna de las guerras declaradas en este país ha terminado porque los rostros de la delincuencia se sustituyen unos a otros como si fueran maleza.
La paz, creo yo, no es un golpe, es un proceso que pocas veces viene acompañada de plomo, llega más bien cuando se cumple cierta equidad y hay, sobre todo, una justicia en la que los ciudadanos creen. Antes de eso hay euforias, hay "bajas" y una falsa alegría que dura el tiempo que los grupos de inteligencia del Estado tardan en darse cuenta cómo se reproducen los nuevos delincuentes.
Esto se da porque Colombia es un país mezquino. Suficiente es recordar los policías y militares que padecieron el secuestro y ahora sobreviven casi en el olvido. Los "héroes" de la patria, como les dijeron tantas veces, hoy son un estorbo, son colombianos casi miserables que luchan a punta de tutelas para que el Estado les reconozca lo mínimo. "No fuimos ni guerrilleros ni paramilitares, no fuimos de ninguno de los bandos malos sino supuestamente de la familia colombiana, y vea cómo estamos: cargando bultos de pescado en Corabastos", dijo Luis Eduardo Almonacid, uno de los 99 soldados regulares que estuvo secuestrado casi tres años después del ataque de las Farc a la base de Miraflores (Revista Semana n.° 1.532).
Yo no digo que la desmovilización no sea una buena opción, claro que lo es, nadie más que yo desearía una entrega de hombres y de armas masiva, ver este país en paz de una vez por todas, el asunto es que no nos podemos quedar sólo en los discursos, es necesario ir más allá, tejer planes, generar oportunidades que involucren realmente a todos los colombianos: los que están en la guerra de guerrillas y los que están en la guerra del día a día, en la guerra de la supervivencia por medios honrados pero miserables, porque el Estado no defiende, como debiera ser, sus derechos.
No basta con tirar balones desde un helicóptero en la selva para decir que ahora el turno es de los guerrilleros, es necesario definir cuáles serían las oportunidades innegables que tienen, no sólo los reinsertados de la guerra, sino el colombiano promedio que lucha sin armas en esta sociedad. La paz tiene que ser un accionar real no un canto de sirenas que juega con las ilusiones de un pueblo que sin oportunidades se acostumbró al estruendo de las balas, a los juegos pirotécnicos que encandilan pero que duran poco.
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