La solidaridad es uno de los grandes valores que dignifican el cotidiano ejercicio de la humanidad, tan agobiada y doliente -como reza la Novena del Niño Dios-, la mayoría de las veces por culpa de ella misma.
Y si, como seres humanos, la solidaridad se nos impone en todas las instancias, con mucha mayor razón debemos ejercerla en el trabajo, donde nuestros compañeros pasan a ser algo así como nuestra segunda familia, pues no en vano ahí transcurre el 90 por ciento o más de nuestra vida.
La solidaridad de alma frente a los dolores ajenos, la solidaridad de cuerpo presente a la hora de ayudar en una tarea compleja y ardua, sin duda, despejará los fantasmas de los malos entendidos y nos hará más leve la jornada.
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