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La urna de cristal

  • Alberto Velásquez Martínez | Alberto Velásquez Martínez
    Alberto Velásquez Martínez | Alberto Velásquez Martínez
24 de agosto de 2010
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El Presidente Santos ha prometido "gobernar dentro de una urna de cristal". Es decir, que todo será visible, tangible, transparente. Que la opinión pública se entere de cada movimiento -gasto e ingreso- que se haga de los recursos del Estado.

La corrupción en el país es grande. Es quizá el gran mal nacional de todos los que rodean y atacan la gestión del Estado y la sociedad.

Está en las licitaciones, en los contratos, en las gestiones públicas y privadas. Algunos la cuantifican en 4 billones de pesos anuales. Los estragos que causa a la economía son evidentes. Sea cierta, inflada o deflactada esa cifra, el hecho claro es que la corrupción le está costando al país, no solo grandes dolores de cabeza, sino alto desprestigio ante la comunidad internacional.

La corrupción se palpa en la forma como se adelantan las obras públicas en el país.

Se arrancan, dice el Ministro del Transporte, sin licencias ambientales, sin estudios, sin financiación asegurada. Y por eso vienen los reajustes y las demandas.

Eso tiene un alto valor que deben saldar los contribuyentes. Se exprimen sus bolsillos para tapar las negligencias y avivatadas.

Generalmente los pleitos, cuando se establecen, los pierde el Estado. Un Estado sin dolientes, sin juristas idóneos que lo saquen en derecho de los apuros y litigios.

En ese desorden administrativo, por la lenidad o avilantez, encuentra la corrupción su gran caldo de cultivo.

Santos predicó desde su campaña "el buen gobierno".

O sea, no solo la eficiencia de sus instituciones y del gasto, sino la decencia de los funcionarios para que el ejercicio del poder se haga transparente.

Para que haya, no solo probidad en los organismos del Estado, sino claridad en el manejo de los recursos públicos. Veeduría y control riguroso sobre los actos y los funcionarios que manejan altos ingresos del erario, es un desafío ineludible.

Modernizar las instituciones es uno de los retos del actual gobierno.

Para evitar que a través de entidades paquidérmicas y desuetas, delincan los funcionarios habilidosos y marrulleros. Para modernizarlas hay que pisar callos.

Hay que desafiar resabios. Hay que erradicar vicios. Tiene Santos las mayorías congresionales para hacer de la capa un sayo. Estas no son para colocar medallas en las solapas de los compadres y menos para impulsar saludos a la bandera.

La firmeza y consistencia de la Unidad Nacional se va a comprobar con la iniciativa del Ejecutivo de darles operatividad y claridad a los proyectos que transformen el arcaico andamiaje de la administración pública colombiana.

De hacer de "la prosperidad democrática", no un eslogan más sino una política de Estado.

Uribe consagró la Seguridad Democrática. Por impulsarla y modelarla, la historia se lo reconocerá. Le devolvió al país la viabilidad y credibilidad en su institución de defensa nacional.

Con ella dejó atrás las vergüenzas de Las Delicias, Mapiripán, Patascoy, El Billar, Miraflores, El Caguán, estigmas de los gobiernos anteriores.

Santos tendrá que consagrar el ejercicio del gobierno a través de la "urna de cristal". Y no de una alcancía en donde los más vivos depositen los recursos públicos que le desvalijan al Estado.

Es un compromiso inaplazable. Insoslayable. Irrenunciable.

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