El día en que el volcán de lodo de Arboletes no resista más y se rinda a los embates del mar, Juan Ramiro Molina llorará igual que un padre sobre la tumba de un hijo.
Y al contrario, cuando el Estado decida salvar esta riqueza natural, él reirá como un papá cuando su hijo se gradúa en la universidad.
Entonces lo verá como lo ha soñado siempre: como un gran parque natural, con cabañas, zona recreativa, parqueaderos y muchos árboles alrededor para que se respire aire puro, eso sí, sin nada cerca del cráter que le haga daño a esta maravilla natural ni que obstaculice el uso por los turistas y nativos.
Más de 25 años lleva este paisa graduado en Administración de Empresas de Eafit moviendo cielo y tierra para que en Antioquia o en el Gobierno Nacional le paren bolas al acelerado deterioro que sufren las playas cercanas al volcán, pero todo ha sido en vano, pues nunca se ha hecho nada para detener las oleadas que lo azotan y amenazan su existencia. Ni siquiera lo han recuperado de un particular que se lo apropió.
"Es que los recursos naturales son patrimonio de la gente y nadie puede adueñarse así", argumenta Juan Ramiro, que tiene una carpeta con centenares de papeles y documentos enviados a "zutano y perano", pero ninguno con una solución concreta.
Entre tanto, él, nativos y colonos ven cómo el volcán, que ha sido su mayor riqueza, se agrieta, se doblega y casi se rinde a la erosión marina, que parece infrenable.
Papeles, papeles, papeles
Una canción por ahí repite el estribillo "palabras, palabras, palabras", que es casi lo mismo que tiene Juan Ramiro: papeles, papeles y papeles. Pero ni una solución.
El primero de todos data de 1985, cuando le escribió a la ministra del Medio Ambiente, Cecilia López, para que emprendiera la recuperación del cráter. No hubo respuesta.
En ese cuarto de siglo el panorama que hoy ve es mucho más grave: el volcán es una telaraña de cercas de madera y de alambres de púa que obstaculizan el ingreso de turistas y arboletinos. Tiene cabañas a menos de cinco metros del cráter y por épocas aparece un letrero en el que se anuncia la obligación de pagar 2 mil pesos para poder ingresar al lodo.
Por el costado que da al mar se ve una ranura que se extiende hasta el océano, que a medida que se va acercando al agua se va haciendo más profunda, llegando a ser de hasta de 3 metros de profundidad. Por ella baja la sustancia de lodo que chorrea del volcán de manera incesante.
Hay escasos treinta metros entre el cráter y el mar y no se necesita ser un experto en desastres marinos para adivinar que en poco tiempo -¿años?, ¿un lustro?, ¿meses?- el océano lo devoraría.
"Eso lo ve un brujo, pero no se hace nada, este pueblo no ha entendido que su mayor patrimonio es el volcán", advierte.
En su carpeta tiene más documentos, ases bajo la manga para una acción popular que instaurará a ver si así alguien cumple con la obligación de salvar el volcán y devolvérsele a la gente.
Su carta principal es el Acuerdo 007 del 24 de febrero de 1999, en el que el Concejo de Arboletes lo declara patrimonio cultural de la localidad. Después viene un derecho de petición del 2002 elevado ante el alcalde de entonces, Jorge Monsalve, en el que le pide hacer cumplir el acuerdo, que hasta lo autoriza a comprar los terrenos donde está ubicado.
Tiene también la respuesta del alcalde, que en pocas palabras le dice que no hay plata para nada y que la solución no es sólo problema de Arboletes. Luego vienen derechos similares ante otros alcaldes con respuestas igual de inocuas y hasta una carta al anterior ministro del Medio Ambiente, Juan Lozano, suplicando lo mismo y en cuya respuesta la directora de Ecosistemas, María del Pilar Fajardo, le informa que para esa fecha -agosto de 2008- había una comisión trabajando el tema con el compromiso de intervenir la zona de playa desde Punta del Rey hasta Arboletes, pasando por el lado del volcán, para frenar esa erosión.
De ahí para acá se han intensificado los ruegos para que las autoridades tomen en serio el problema pero, la verdad, aún no se hace nada.
Papeles hay. Sobran documentos que certifican la necesidad de que el volcán se recupere y de que la comunidad vuelva a disfrutarlo libremente sin tantas trabas como las que pone el actual propietario de los predios donde está la maravilla natural que, dicen allí, es la segunda más grande del mundo y la única junto al mar.
Falta voluntad, dejar tanta negligencia, pues mientras todos se pasan la pelota y nativos y colonos lanzan un S.O.S. por el volcán, el mar se lo traga y se lo traga.
Y Juan Ramiro no se resigna a llorar sobre el cadáver de lodo. Prefiere seguir luchando, sacándole callo al corazón de tantas desilusiones con cada respuesta que le dan, con tanta promesa que tantos han hecho y que nadie, pero nadie, ha cumplido jamás.
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