Las imágenes del recluso Emilio Tapia disfrutando una parranda en la cárcel La Picota han causado revuelo. Nos impresiona, supongo, el hecho de ver por fin, en un video, lo que desde hace años es vox populi. Nos impresiona, además, que un tipo como Tapia, a pesar de su larga experiencia como bandido, siga dejándose pillar.
Ahora bien: asombrarse porque ciertos reclusos pudientes conviertan la cárcel en un escenario de juerga es ingenuo y ridículo. Toda la vida ha sido así. Aquí el que tiene plata se pasa por la faja los códigos cuando está libre, y también cuando está preso.
Destituir a los funcionarios que consintieron la parranda de Tapia es solo un contentillo para las hordas indignadas. Pero no nos engañemos: en un país donde un gobierno le construyó una cárcel de lujo a un narcotraficante, ¿qué puede esperarse de los empleados penitenciarios?
Desde arriba se promueve una actitud de reverencia ante el dinero que explica mucho tal corrupción. ¿De qué hablamos cuando hablamos de la parranda de Tapia en La Picota? De plata, así de simple.
Tapia introduce un conjunto vallenato en la cárcel porque puede pagar sobornos. Sus compañeros de farra beben whisky en sus celdas por la misma razón. Y la persona que grabó el video también tiene la manera de conseguir que le consientan el uso de su Smartphone dentro del penal.
Afuera de la cárcel hay muchos que han escrito esta historia y que nunca aparecen reseñados como cómplices porque tienen dinero para garantizarse una imagen eternamente limpia.
¿Qué colombianos pagan verdaderamente sus condenas? Los que no pueden costearse el privilegio de tener su propia casa por cárcel, los que carecen de fortunas para financiarse un trato preferencial, los excluidos de siempre. Si el tipo que aparece tocando el acordeón en el video de Tapia delinquiera algún día, seguramente se pudriría en una celda sin nadie que le llevara serenata. Él nació para tocar, no para que le toquen.
De eso se trata este asunto: unos nacen para ser condenados porque delinquen y los otros para parrandear aunque delincan.
A Emilio Tapia se le deja en evidencia porque no es un rico sino un pobre con plata, es decir, un emergente. Créanme que en esta historia hay personajes de sangre azul y cuello blanco que jamás quedarán registrados en video mientras violan los códigos penitenciarios: están recluidos en sitios inaccesibles para las miradas mundanas. Pagan la pena en sus mansiones, o en celdas que parecen las suites presidenciales de un hotel cinco estrellas.
Así que ¿sorpresas a estas alturas de la vida? A otro perro con ese hueso. Aquí el recluso que tiene chequera hace lo que le da la gana: introduce a las celdas sofisticados equipos de comunicaciones, pide su alimentación a domicilio en restaurantes caros, contrata "damas de compañía" cuantas veces quiera.
Cuando es un magnate de cuna puede hacer todo eso sin dejar huellas. Cuando es tan solo un emergente aparentador queda grabado en videos que luego se difunden ante la opinión pública. Entonces todo el mundo se rasga las vestiduras y, como siempre, la cuerda se rompe por el lado débil: le cortan la cabeza a un empleado de rango menor para dar la impresión de que hubo correctivos.
Después, cuando desaparezca la presión mediática, las aguas volverán a su cauce: unos delincuentes permanecerán en sus celdas resort y los otros, en sus cuchitriles. Y así seguirán las cosas hasta que algún incauto se deje pillar in fraganti y accione de nuevo la maquinaria de la doble moral.
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