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PEQUEÑAS HISTORIAS

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04 de diciembre de 2013
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Basta con sentarse en el balcón de un cuarto piso, por ejemplo, y ver que los vecinos, a través de sus ventanas, son toda la ciudad. Al abrirse las cortinas de los cuartos y las salas aparecen los niños y sus madres, las abuelas y sus perros, las mujeres del servicio y sus oficios, los jóvenes y sus pasiones, los afanes, las discusiones con los gestos, la ciudad en pequeñas dosis.

Hoy, solo hoy, en medio de este cansancio que ya evidencia el último mes del año, quiero compartir con mis fieles lectores un par de pequeñas historias que son un reflejo de la sociedad, escenas que hacen de pequeños instantes, divertidas suposiciones.

La vecina y su gato

Si tomamos como cierta la afirmación leída: "El hombre puede llamarse civilizado en la medida en que comprende al gato", puedo deducir que mi vecina, aquella que vive en el segundo piso del edificio de enfrente y toca el saxofón en las tardes, y los fines de semana hace el amor con su novio en la cocina mientras se preparan platos de receta, es un ejemplo de desarrollo.

Cuando llega a casa, casi siempre en las noches, levanta en sus brazos a su gato y se acuesta sobre el sofá. Su mano derecha acaricia el cuello del gatuno mientras, imagino, el animal se adormece y ronronea. Luego lo besa en la frente y al abrir los brazos veo cómo el animal salta y después de un largo bostezo, que involucra un estiramiento final de sus patas traseras, camina hacia la ventana como si recién fundara un imperio o lamiera a la mismísima Bastet. Mi vecina se queda mirándolo como si en él, en su paciencia, perdurara un poco su alma mientras ella se quita la ropa y luego, en piyama y con unas pantuflas de león, se mete a la cocina para guisar algo ligero. Ambos no dejan de mirarse. Miau noches.

Coincidencias

Me sorprendió que mientras repasaba en mi cabeza simétricos giros, vueltas y saltos de ese grupo de ballet folclórico que había visto la noche anterior en el Teatro Lido, mi vecina del cuarto y mi vecino del quinto salieran al balcón descalzos, tomaran asiento y prendieran un cigarro al mismo tiempo sin ensayar. Todo coincidió en el vertical encuentro como el pasito aquel que iba adelante, luego atrás, luego dos vueltas hacia un lado, de rodillas los 30 sobre el escenario. Se escuchan los aplausos. "Si se ponen de acuerdo no les sale", pensé, mientras veía tan delgada la línea de losa que los separaba, un poco más de un metro de sus pies sobre la cabeza. Al rato, se bifurcó la escena. No hubo coincidencia en el ingreso. La última en entrar fue ella. Desde entonces sus cigarros no coinciden. A las coincidencias no les gusta repetirse.

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