Hay un género en el periodismo que no se corrompe, quizás el único. Es la caricatura, dibujo mordaz, escaso de palabras y rociado de sal. Por esto no le entra la corrupción, la sal la conserva como pescado digerible, la gracia la eterniza.
Claudican las noticias, se arrodillan los editoriales, miman las fotografías, se asustan las columnas. Cada uno va cayendo ante el poder, por miedo o bajo la artillería del halago. La caricatura no. La caricatura resiste, porque su esencia es la burla del poder, de todo poder.
Los caricaturistas ponen perpetuidad a los rasgos más risibles del mandatario y hacen de la exageración un apóstrofe. Cada dibujo deforme es venganza pública contra el gobernante que ofende al público. Y es este público quien se siente reconciliado con esa verdad ácida. La caricatura puede más que juez, fiscal, verdugo o carcelero.
Un dibujo certero petrifica en el ridículo a los ávidos del poder, convirtiéndolos en muñecos risibles e inofensivos. Y estos pobres poderosos terminan pareciéndose menos a sí mismos y más a la máscara de tres trazos esenciales con que el artista los clava para siempre ante el escarnio general.
Con risa, la verdad entra a cerebro y estómago, en doble movimiento que agradecen multitudes y rinde servicio a justicia. Los 'monos' de prensa escrita, muñecos de televisión e imitaciones de radio suministran en píldoras la sinceridad que las solemnes palabras de las redacciones temen presentar o escatiman bajo intereses comerciales y políticos.
La caricatura no consulta compromisos publicitarios, pues los gerentes creen que esas pinturas burdas son mentiras y son consumidas también como mentiras. No se dan cuenta de que, igual que novelistas, los dibujantes dicen mentiras para con ellas contar verdades.
Aquella figura ridícula de copete curvo, silueta magra, dientes erizados y sudor copioso es más fiel a sí misma que cualquier fotografía del viudo del poder, no resignado a su caducidad sin remedio. Así pasará a la historia, con esa imagen patética lo recordarán quienes agradecidos contemplan el desquite inteligente del arte.
La caricatura no se vende porque, de hacerlo, desaparecería. Su insignia es el desenmascaramiento de la debilidad de los poderosos. No puede aliarse a ellos, porque es más poderosa que ellos.
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