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Tentaciones

  • Rafael Nieto Loaiza | Rafael Nieto Loaiza
    Rafael Nieto Loaiza | Rafael Nieto Loaiza
01 de agosto de 2010
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Las Farc, otra vez. Como en los últimos treinta años, son noticia de primera página cuando se produce un cambio de gobierno. Desde Betancur, no hubo siete de agosto de transición que no viniera con una declaración de Tirofijo . Ahora es Cano . Prueba de que aun no salimos de la plaga. La culebra, a pesar de todo, sigue viva.

Pero algo ha cambiado desde entonces. Si antes lo que decía el comandante guerrillero ameritaba titular a cuatro columnas, hoy la cosa se reduce a una columna o dos, con breve nota en las páginas interiores y algunos comentarios editoriales.

La razón es doble: Por un lado, las Farc no son lo que eran. Tienen menos de la tercera parte de hombres con que contaban en 2002 y están cada vez más adentro de la selva y más arriba en el monte. Aisladas, tienen poca capacidad de recolectar inteligencia, sus redes de logística son débiles, perdieron corredores estratégicos y tienen seriesísimos problemas de comunicación. La moral de combate está por los suelos y las deserciones son de todos los días. De hecho, están estratégicamente derrotadas: no tienen ninguna posibilidad de tomarse el poder. Su lucha es por sobrevivir.

Por otro, la invitación al diálogo ya no tiene nada de novedoso. Si antes era creíble para algunos, hoy la mayoría no cae en los cantos de sirena. No faltarán quienes, desde la izquierda y desde la guerrilla desmovilizada en los noventa, bien acogida como analista en los periódicos, hagan eco a la invitación de Cano a que "hombre, conversemos". Es lo habitual.

Preocupante sería que en el gobierno entrante le pusieran atención. La tentación está servida. Mover la idea de un proceso de paz con las Farc sirve para diferenciarse, otra vez, de Uribe. Permite aproximarse a los gobiernos de centro izquierda en la región, en especial a Brasil, que pretende un liderazgo regional incontrovertible. Y, si se maneja bien desde Palacio, pueda transmitirle a la opinión pública un mensaje de una paz posible que probablemente calaría bien en medio de un ambiente general que, según las encuestas, refleja en la población un alto grado de optimismo sobre el futuro.

Me aventuro: sin Chávez en Venezuela, estratégicamente derrotadas como están, las Farc estarían ya sentadas en un proceso de negociación serio. No por deseo propio, sino por necesidad.

Las guerrillas, aquí y en cualquier parte del mundo, negocian de verdad cuando se ven obligadas a ello. Es decir, cuando las ventajas de la paz son mayores que las de seguir en la violencia. Sin el refugio, el soporte logístico y el apoyo político del Teniente Coronel del lado, las Farc no tendrían más remedio que sentarse a negociar con el gobierno, no para fortalecerse con el diálogo, como en el Caguán, sino para poner fin de una vez por todas a sus actividades violentas.

Por lo mismo, mientras que Chávez no haga una ruptura total con las Farc, no hay posibilidad alguna de un diálogo serio con ellas. Entrar en conversaciones ahora les daría aire y un espacio político que hoy no tienen. Y la frustración de expectativas sería muy costosa por el gobierno.

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