Tomás González recuerda la imagen de cuando estaba pequeño y conoció el mar. Fue en Tolú. "El carro empezó a meterse por el pueblo y de pronto por entre las rendijas de las calles se empezó a ver el verde intenso y la luz del mar". La tiene en su cabeza, como si la estuviera viendo, aunque han pasado muchos años.
Sobre lo que sintió no hay palabras. Entre los 7 y los 12 años las vacaciones eran para ese lugar. Quizá es lo que hace "que esté tan interiorizado en mi corazón, que lo lleve tan adentro". Esa nostalgia lo lleva cada cierto tiempo a regresar y, también, a escribirlo.
Temporal, su nueva novela, tiene ese mar suyo, tan querido.
Temporal, ¿no solo se refiere al mar, sino a la vida?
"Está pensado en que funcione en varios planos. El evidente que es el de la tormenta, el otro que es el del transcurso del tiempo, y lo otro es el carácter temporal de todo lo que existe, incluso de las tormentas, del mar. Todo es temporal".
¿Qué le encuentra Tomás al mar, qué le mira?
"He estado pensando lo mismo. Creo que a todo el mundo lo que le llama la atención es la tremenda permanencia y estabilidad de ese ser que llamamos mar. Somos como rizos de agua en contraste con esa permanencia y esa casi eternidad del mar. Creo que lo sentimos todos, por eso ese descanso cuando llega y se puede integrar a ese tiempo que el mar lleva".
En la novela está ese contraste, el mar silencioso, el temporal...
"Sí. Es como lo estable del mar, que pierde la estabilidad un momento con la tormenta y parecería que se acaba el mundo y vuelve a tranquilizarse y queda todo casi como estaba antes de que la tormenta hubiera estallado. Lo que queda como énfasis es la estabilidad".
Están las relaciones familiares. En La luz difícil estaban, pero aquí son complejas...
"Son distintas formas de cómo aparece la misma institución. A veces aparece de esta forma, a veces como en La luz difícil, que es muy amable. Uno no sabe de qué se va a tener que ocupar, pero hay que ocuparse de ella tal como es. No puede uno tratar de endulzar una historia amarga o echarle menos azúcar a una dulce".
¿Cómo llegó esta?
"Conocí en uno de los viajes al Golfo de Morrosquillo varios de los hoteles que hay entre Tolú y Coveñas y conocí a la gente y vi relaciones duras. Empezó a llegar la idea de un padre y dos hijos y después me llegó la imagen de la madre loca y se fue juntando, uno no sabe ni cómo, una imagen con la otra, y yo siempre había querido estar en Tolú y Coveñas en un escrito".
Esa madre loca es la que le pone el toque de humor...
"Ella y la vecina... Eso fue bonito cómo se construyó ese personaje. Una amiga mía es esquizofrénica y cuando yo iba a escribir el personaje, a ponerla a hablar, me acordé que mi amiga escribe todos los días por lo menos veinte páginas. Es muy bonito lo que escribe, no tiene mayor sentido, son letanías. Yo le pedí prestado los escritos y empecé a sacar las frases que me parecían más bonitas y las puse y funcionó. Ya ella como que agarró realidad".
Sobre ella recae la premonición, uno de los juegos...
"Jugar, exactamente. Yo quería mostrar que las premoniciones tienen mucha fuerza, siempre, y las profecías, cúmplanse o no, pero también quería mostrar que ellas, con toda la fuerza que tienen, no siempre se cumplen. El mundo termina por transcurrir de una manera nueva. Quería mostrar las dos cosas".
¿Usted cree en ellas?
"Yo no sé. Yo creo que a todos nos pasa. Si a uno le echan una profecía, uno lo piensa muy bien, o sea que cree.".
En la novela está Medellín...
"Es mi territorio. Soy de acá. En esta novela son personajes que solo Medellín puede producir, incluso los jóvenes. Ellos son costeños, pero de padre paisa, que son cada vez más frecuente por el lado de Coveñas".
Abraham entre bandidos la reescribió varias veces. ¿Esta también?
"Esta salió. Esta no tuvo muchos tropiezos. Igual que La luz difícil. El problema con Abraham es un error muy grande que cometí de querer escribir una novela grande, cuando yo no soy para novelas grandes, y querer tener un personaje colectivo, cuando no se podía. Eso era de lógica, pero se equivoca uno en esas cosas y se vuelve complicado corregir todo".
El lejano amor de los extraños, su libro anterior, fue de cuentos. ¿Sigue con ellos?
"Sí, yo creo que siempre voy a escribirlos. Ahora estoy tratando de escribir un libro de cuentos largos, de los cuales tengo uno escrito y uno empezado, pero algo pasó y ahí está".
¿Y la poesía, ya volvió?
"Hoy escribí un poema que no me pareció ni tan malo. Hacía mucho tiempo no escribía... pero uno no sabe nunca. En cuento y poesía, como son cortos y uno termina escribiéndolos rápido, no se sabe cuando va a tener el privilegio de que algo llegue. En la novela está la ventaja de que es largo y está uno en un trabajo continuo".
¿Usted ha sido pescador?
"Muy poquito he pescado yo en la vida".
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