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UNA VISITA AL MUSEO DEL ACORDEÓN

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16 de agosto de 2014
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Luis Felipe Durán, juglar de abarcas nacido en El Paso, Cesar, pudo haber sido el primer músico que grabara un vallenato. Pero abandonó despavorido el estudio de Barranquilla donde realizaba la audición. Cuando oyó su propia canción de prueba en Discos Tropical, dejó en claro que a él nadie le iba "a robar la voz". Y a continuación regresó a su tierra, donde siguió arreando ganado hasta avanzada edad.

Sus dos hermanos menores, Alejandro y Náfer, fueron trovadores formidables. Alejandro era aventurero, ocurrente, y jamás se tomó un trago de licor. Él mismo vendió sus primeros discos de vinilo andando de pueblo en pueblo a lomo de burro. En cada parada encontró motivos suficientes para componer una canción amorosa: un día le cantó a Irene, la musa que se quedó llorando en el carro de placa "039"; después a "Fidelina", una morenaza que le pareció "bella como flor del campo", y así.

En cierta ocasión un reportero quiso saber qué pensaba Alejo Durán sobre la mujer, y él le respondió con una pregunta que a pesar de su ingenuidad contenía veneno:

-- ¿Cuál de ellas?

Náfer, que todavía está vivo, fue el primer acordeonero que hizo un disco con Diomedes Díaz. No se asustó al oírse grabado, pero al igual que su hermano mayor prefirió seguir su vida en el campo.

Estas son algunas de las historias que he venido recordando a lo largo de la mañana en mi visita al Museo del Acordeón, fundado en Valledupar por Beto Murgas.

Murgas también es juglar: toca el acordeón, canta, cuenta, compone canciones, come chivo guisado, bautiza a los hijos de sus amigos. Fue director de Sayco (Sociedad de Autores y Compositores) en el departamento del Cesar.

Fundó el museo – me cuenta – por un golpe de suerte. En 1982 consiguió un acordeón antiguo para obsequiárselo a su hijo. El niño se negó a recibirlo porque le pareció obsoleto: él quería un instrumento moderno.

Gracias a ese rechazo que en aquel momento le dolió, Beto conservó una reliquia que hoy en día no se consigue ni en las casas de antigüedades. Luego fue consiguiendo –a veces por su cuenta y a veces a través de amigos generosos– más instrumentos: acordeones de algunos juglares legendarios, güiros indígenas, tambores diversos.

Después sumó más elementos: fotografías de trovadores esenciales como Chico Bolaño y el Compai Chipuco, instrumentos parientes del acordeón traídos desde otras latitudes (un chen de la china), carrizos nativos, discos de vinilo.

Y, sobre todo, acordeones, muchos acordeones. De distintos países, de diferentes épocas.

-- El acordeón es la esencia del vallenato, y no tenía un museo – me dice Rosa Durán, la esposa de Beto, quien nos acompaña.

Aprovecho para preguntarle a Ocha –así la llama todo el mundo en Valledupar– si no se pone celosa cuando a su marido le preguntan por la musa que le inspiró su canción más famosa, "La negra" (tengo una negra rebelde/ que le dan distintas furias/ pero la que yo prefiero/ es cuando besa con locura).

-- ¡Ni de vainas… –responde–: la canción se la hizo a otra, pero a mí me llegan las regalías.

Reímos. Seguimos nuestro recorrido. Beto me recuerda que, etimológicamente, las palabras "museo", "musa" y "música" están emparentadas. Ocha es la musa, dice, guiñándome un ojo. La música la tiene él, y empieza a tocar su merengue "Nativo del valle":

Valle a ti cantaré

Yo soy tu pregonero

El que canta bonito

Los versos del pilón

Te diré que yo soy

El de sangre mezclada

El que narra su historia

Con caja y acordeón

--Mira, aquí está Gabo –exclama Beto ahora, y señala un retrato con el dedo. –Tú sabes que Gabo decía que "Cien años de soledad" es un vallenato de trescientas páginas".

-- También dijo que cuando oímos un acordeón se nos arruga el sentimiento.

Seguimos el recorrido. Vemos más fotos de los juglares en las paredes.

Bonito estar en el museo, le digo a Beto. Recuerda uno aquellos tiempos en que los hombres estaban en comunión con su universo y, sin embargo, vivían de asombro en asombro.

En una región aislada, sin carreteras, sin periódicos y sin radios, los hombres eran felices porque oían canciones y no noticias. O mejor: porque cantaban las noticias. Lo que contaban era absolutamente humano: la muerte del caballo preferido, la suerte de una cosecha, la búsqueda de un amor al que se le ha perdido la pista, la enfermedad de un amigo.

Todo era importante pero nada era grave, exactamente al revés de lo que ocurre con los informes que se transmiten hoy en algunos medios, a través de fanfarrias que pulverizan los nervios. Entonces, como el mundo andaba sin prisa, era posible captar lo bello y convertirlo en noticia, valga decir, en canto: el río como fuente de inspiración, por ejemplo; la brisa, la caída del sol, el golpeteo de la lluvia contra la tierra desnuda.

Y que siga la música, Beto.

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