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Vuelta al origen del periodismo

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22 de diciembre de 2011
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Hace unos años, mientras escuchaba al maestro Ryszard Kapuscinski explicar las relaciones entre periodismo y literatura, y el poder narrativo (y social y político) del reportaje, entendí muy bien por qué el nuestro puede ser un oficio tan incómodo para el poder y los poderosos.

Al agotarse el romanticismo en Francia, y con ello los argumentos de sus novelas, la gran crónica y el reportaje ganaron notoriedad: de aquella literatura de "los iluminados", aquellos tocados por Dios, aquellos seres inspirados por fuentes divinas, se pasó al influjo de quienes escribían sobre asuntos mundanos, cotidianos, narrados por escritores que no encajaban en el círculo exclusivo y sectario que trazaba la crítica literaria.

Los periodistas contaban las luchas obreras, los sufrimientos de la gente del común y les pinchaban los dedos y el ego a burgueses y oligarcas. Sus historias provenían de la no ficción, del contacto directo con la gente del pueblo y de la calle. De la REALIDAD.

Sus historias transpiraban algo más que romances y tensiones propias de la condición humana. Exhibían las causas, los efectos, los responsables del drama social. Eran escritores algo menos serviles y funcionales a la vida apacible de los artistas y de sus mecenas.

"El periodismo, en especial el reportaje, se volvió arma de denuncia de lo que las castas no querían ver ni enfrentar", advertía Kapuscinski.

Los periodistas les escurrían el tuétano a los temas: investigaban sin tregua. Sustentaban sus historias con rigor y documentos. Leían y se formaban un criterio sobre los asuntos sociales de actualidad. Tenían claridad sobre aquel papel de críticos y perros guardianes de los mejores valores humanos.

Para escribir su libro El Emperador , de 200 páginas, Kapuscinski leyó más de 12.000 páginas de lengua imperial polaca, solo con el ánimo de recrear fielmente el ambiente de sumisión y reverencia al emperador africano de su reportaje: el etíope Haile Selassie. "En algún tiempo, los periodistas y los periódicos fueron parte de una aristocracia intelectual. Había corazón, ideas, creatividad, disciplina y mucho estudio. Estábamos afanados por formarnos y escuchar", decía "Kapu".

Repaso estas palabras porque a mediados de los noventa, periódicos y redactores, afanados por competir con la radio, la TV y luego con la internet, recargaron su afán en entrenarse en asuntos técnicos y manejo de herramientas. Se desplazó el esfuerzo intelectual. Incluso, genios rediseñadores de periódicos dijeron que los periodistas debían escribir menos y así la gente leería más. Y lo hicieron: se dedicaron a escribir basura. Teletipos horribles, sin ética y sin estética, sobre asuntos del interés del público, pero no de interés público. En 2012, lectores, en sus 100 años, este, igual que otros diarios, buscará en su evolución recuperar mucho de lo mejor de aquella tradición de un oficio tan honorable como el periodismo.

Se los prometo. Esta Redacción está "estudiando-se" para reinventarse y cumplirlo.

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