En Chernóbil, el paso del tiempo ha hecho de las suyas. No hay un solo rincón en toda la ciudad que la maleza y los pinos no hayan invadido. Cada centímetro de creación humana o de naturaleza está cubierto por una capa espesa de polvo. Las raíces levantaron los suelos. La humedad se comió el color de las paredes. La corrosión acabó con la rueda Chicago del viejo parque de diversiones. Y en el patio de la escuela hay un cementerio de máscaras de gas que no fueron suficientes para frenar los efectos de la radiación.
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En otoño, cuando caen las hojas de los pinos que se están comiendo la ciudad, las panorámicas de Pripiát parecen fotografías a blanco y negro. Y en contra de todos los pronósticos...