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“Los terremotos no matan, sí las edificaciones inseguras”: Unni Krishnan, de Plan Internacional

El director humanitario global de Plan International, con tres décadas enfrentando terremotos, hambrunas y guerras, habló con EL COLOMBIANO antes de partir hacia Venezuela.

  • El experto explicó que la ayuda no debe limitarse a atender las necesidades físicas, como la comida, sino también las psicológicas. FOTO getty
    El experto explicó que la ayuda no debe limitarse a atender las necesidades físicas, como la comida, sino también las psicológicas. FOTO getty
Daniel Rivera Marín

Editor General

05 de julio de 2026
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Unni Krishnan, Director Humanitario Global de Plan International, se prepara para viajar a Venezuela tras los terremotos que sacudieron el occidente del país. Plan International es una organización humanitaria internacional presente en más de 80 países, enfocada en la protección de los derechos de la niñez y, en particular, de las niñas. Como Director Humanitario Global, Krishnan lidera la respuesta de la organización ante terremotos, hambrunas y conflictos armados, coordinando equipos de emergencia que trabajan directamente sobre el terreno.

Krishnan, quien ha respondido a desastres en más de 40 países —de Haití a Myanmar, de India a Ucrania—, atendió esta entrevista desde Colombia, mientras coordina con instituciones venezolanas y agencias de la ONU el despliegue de su equipo sobre el terreno.

Usted se define como “posibilista”: no se pregunta si algo es posible, sino qué se puede hacer y con qué rapidez. Antes de viajar a Venezuela, ¿qué es lo posible en los primeros días de su despliegue y qué sabe, por experiencia, que todavía no lo será?

“En los primeros días, lo más importante que podemos hacer es actuar con urgencia y solidaridad. Necesitamos recordarle a la gente que, en un desastre, nuestra humanidad compartida importa más que nuestras diferencias. Como decía Johan Cruyff, el legendario futbolista holandés: «Cada desventaja tiene su ventaja». Incluso en los momentos más oscuros, las crisis pueden sacar a la luz una compasión extraordinaria, unidad y la determinación de ayudarnos unos a otros. Me defino como posibilista porque no me pregunto si algo es posible; me pregunto qué se puede hacer y con qué rapidez.

En una emergencia, el tiempo salva vidas. Siempre habrá cientos de problemas, pero nuestra responsabilidad es concentrarnos en las soluciones y trabajar juntos para hacerlas realidad. Por mi experiencia en terremotos, de Haití a Japón, India y Myanmar, sé que no podemos hacerlo todo en los primeros días.

Pero sí sabemos por dónde empezar: por los más vulnerables, especialmente los niños y las niñas. Eso significa no solo proveer alimentos, agua y refugio, sino también proteger la seguridad de la niñez, apoyar su bienestar emocional y crear un espacio para que un niño pueda ser niño.

Debemos tratar a cada persona afectada con dignidad y compasión. Ninguna organización ni gobierno puede hacerlo solo. Son la solidaridad, la colaboración y la humanidad las que convierten la posibilidad en esperanza. Necesitamos ser optimistas. Necesitamos ser decididos.

El optimismo ciego, por sí solo, no logra resultados en una zona de terremoto. Y el pesimismo eterno, cuando ves escombros donde antes había casas y escuelas, tampoco ayuda. Siempre podemos marcar una diferencia.

Es esa convicción firme de que podemos, y esa determinación de dar lo mejor de nosotros, lo que constituye la esencia de un posibilista. Esa es la identidad de todo trabajador humanitario”.

En Kerala su madre le enseñó a elegir entre ver el barro o el loto en el mismo charco. Después de tres décadas viendo lo peor de las catástrofes —de Bhopal a Gaza—, ¿esa elección se ha vuelto más difícil o más automática?

“Mi madre me enseñó que, en el mismo estanque, puedes elegir ver el barro o el loto. Mirando atrás, algunas de las lecciones más profundas de la vida no vienen de los libros de texto: vienen de los momentos cotidianos. Crecer en Kerala también me enseñó otra verdad sencilla: la vida no se trata de esperar a que pase la tormenta; a veces se trata de aprender a bailar bajo la lluvia del monsón.

Después de tres décadas trabajando en contextos de emergencia —de terremotos y ciclones a brotes de enfermedades, conflictos y guerras—, esas lecciones han permanecido conmigo. Lo que se ha vuelto más automático es la decisión de estar del lado de las personas en crisis, especialmente de la niñez y de los más vulnerables, como las niñas y las mujeres. Hoy, la distancia no es excusa.

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Alguien a miles de kilómetros puede salvar una vida con su compasión, su voz o su apoyo. Cada uno de nosotros tiene una decisión, y a veces esa decisión que tomamos es la diferencia entre la vida y la muerte para otros.

La geografía es historia. Los momentos más duros no son los desastres: son las guerras, donde se daña deliberadamente a las niñas y los niños y se atacan a las escuelas y hospitales. En esas situaciones, elegir la humanidad exige un coraje aún mayor.

Vuelvo con frecuencia a las palabras de Mahatma Gandhi: recuerda el rostro del niño pobre y solitario cada vez que tengas dudas, y verás la claridad que te da para tomar decisiones.

Para mí, ese rostro es a menudo el de un niño asustado, el de una niña separada de su familia que se pregunta si el mundo la ha olvidado. Cuando ponemos a ese niño o a esa niña en el centro de nuestras decisiones, la elección correcta se vuelve evidente. En una crisis, la neutralidad rara vez es suficiente: tenemos que elegir estar del lado de la niñez”.

Usted ha dicho que la discapacidad física se ve, pero el trauma no. Cuando llegue a Venezuela, ¿qué es lo primero que va a buscar para identificar a los niños que necesitan apoyo psicológico urgente? ¿Cuáles señales ha aprendido a reconocer en los primeros días de una emergencia?

“El primer paso es siempre escuchar. Las personas más afectadas —especialmente los niños, las niñas y las mujeres— saben qué es lo más apropiado.

Algunas de las mejores soluciones que he visto en crisis humanitarias no salieron de los libros de texto; salieron de las propias comunidades. Recuerdo a mujeres en Bangladesh que pedían un pequeño apoyo adicional para comprar patos en lugar de gallinas, porque los patos sobreviven a las inundaciones.

En un contexto donde las inundaciones llegaban cada año y arrasaban con sus gallinas —una de sus fuentes de ingreso—, supieron adaptarse. Esa idea sencilla transformó su recuperación. Cuando se trata de la salud mental de la niñez, el trauma suele ser invisible. Los terremotos, los desastres y las guerras muchas veces les roban la voz a los niños.

Por eso voy a buscar al niño callado que dejó de hablar, que dejó de jugar o que se aisló de los demás. Voy a escuchar a los padres y madres que nos cuentan que su hija o hijo tiene pesadillas, moja la cama, se sobresalta con facilidad o tiene miedo de quedarse sola o solo. Después de un terremoto, el juego no es un lujo: es la forma en que las niñas y los niños comienzan a sanar.

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Cuando el juego se detiene, el trauma habla más fuerte. Pienso en los innumerables sobrevivientes jóvenes de minas antipersonal y en las niñas y los niños que han perdido extremidades en zonas de guerra. Muchos reciben prótesis, pero con demasiada frecuencia el trauma que cargan recibe mucha menos atención.

Sanar a un niño significa cuidar el cuerpo y la mente, con la misma urgencia y la misma compasión. El mayor peligro después de un terremoto no son solo los escombros que podemos ver: es el silencio que cae cuando las niñas y los niños dejan de jugar”.

Usted insiste en que lo que determina el número de víctimas no es la magnitud del sismo sino la calidad de la construcción. Comparando lo que se sabe hasta ahora de Venezuela con Latur (1993), Haití (2010) o Myanmar (2025), ¿qué le dicen los primeros reportes sobre cómo se construyó —o no se preparó— la zona de Morón?

“No soy ingeniero estructural, así que no quisiera especular sobre la calidad de las edificaciones en la zona de Morón antes de que los expertos completen las evaluaciones correspondientes. Pero sí sabemos una cosa: por lo general, los terremotos por su cuenta, solos, no matan a las personas; las matan las edificaciones inseguras.

En Venezuela, el sismo fue muy superficial y fue seguido, segundos después, por otra sacudida poderosa. Esa combinación puede ser devastadora: la primera sacudida debilita las estructuras y la segunda las derrumba. Incluso las edificaciones que siguen en pie pueden no ser seguras todavía, porque las réplicas pueden continuar durante semanas o incluso meses”.

Usted ha escrito que las desigualdades existentes «pueden convertirse rápidamente en riesgos de protección, incluyendo explotación, abuso y trata». Por experiencia en crisis similares, ¿qué espera encontrar en Venezuela en las primeras semanas, y qué está preparando su equipo para anticiparlo?

“Los terremotos revelan las fisuras de las comunidades. Todos esperamos no ver en Venezuela los peores desenlaces que han seguido a otros grandes terremotos en otros lugares, pero la experiencia nos dice que debemos prepararnos antes de que ocurran, no después. Los desastres no crean la desigualdad: la exponen y la profundizan.

Los niños y niñas que ya eran vulnerables por situaciones de pobreza, el desplazamiento, la discapacidad o la debilidad de sus redes de apoyo pueden enfrentar riesgos aún mayores de explotación, abuso, trata y violencia en las semanas siguientes. Las niñas y las mujeres suelen estar entre las más afectadas.

Al mismo tiempo, hay muchas razones para la esperanza. Estos riesgos no son inevitables. Si actuamos temprano, trabajamos de cerca con las comunidades locales y ponemos la protección, el juego y las actividades de enseñanza de la niñez en el centro de la respuesta desde el primer día, muchos de estos daños pueden prevenirse.

Eso es exactamente lo que nuestro equipo está preparando para hacer: escuchar a las niñas y los niños —especialmente a las niñas— y a las comunidades, identificar a quienes corren mayor riesgo y actuar con rapidez para que el desastre de hoy no se convierta en la crisis de protección de mañana”.

En SBS News pidió a los gobiernos que garanticen el acceso humanitario y rindan cuentas, «sin importar dónde haya nacido un niño». Antes de desplegarse, ¿qué garantías de acceso ha pedido o negociado para que su equipo pueda trabajar sin obstáculos en el terreno venezolano?

“Nuestra prioridad es asegurarnos de poder llegar a los niños y niñas de manera segura, rápida e imparcial. Estamos trabajando de cerca con las instituciones venezolanas, la ONU y nuestros socios humanitarios para asegurar el acceso y la coordinación necesarios para entregar la asistencia humanitaria. El gobierno venezolano ha manifestado su disposición a recibir apoyo internacional.

Es muy alentador ver el respaldo incondicional del pueblo y el gobierno de Colombia, y estamos trabajando a través de los mecanismos de coordinación humanitaria establecidos.

En cualquier emergencia, el acceso rara vez es perfecto desde el primer día, pero esperar condiciones perfectas cuesta vidas. Nuestro enfoque es trabajar de manera colaborativa con la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), respetar los sistemas nacionales y avanzar lo más rápido posible para que las niñas y los niños reciban el apoyo que necesitan sin demora”.

Usted ha dicho que llora en su trabajo, y que el día en que deje de sentir empatía será el día en que se convierta en un robot. Después de Sudán del Sur, Ucrania y Somalia, ¿qué hace usted, concretamente, para no cruzar esa línea, y cómo se prepara mentalmente antes de un despliegue como este?

“No hay entrenamiento que pueda hacerte inmune al sufrimiento humano, ni debería haberlo. Si algún día dejo de sentir empatía, ese será el día en que deba dejar este trabajo. Lo que me mantiene en pie es recordar que la acción humanitaria no consiste en salvar el mundo uno solo: consiste en marcar una diferencia significativa para un niño, una familia y una comunidad a la vez.

Nos recordamos a nosotros mismos que, aunque no podemos poner fin a todas las crisis, sí podemos reducir el sufrimiento de alguien hoy, todos los días. Antes de cada despliegue, también me recuerdo la extraordinaria resiliencia de las personas.

En cada desastre, junto a pérdidas inimaginables, he visto un coraje, una bondad y una esperanza admirables. Nuestro trabajo no es llevar caridad; es actuar en solidaridad, escuchar, respetar la dignidad de las personas y trabajar con las comunidades, no solo para ellas.

Eso es lo que protege la humanidad de cada trabajador humanitario. No mido el éxito por lo poco que siento, sino por asegurarme de que la empatía siga impulsando la acción. Porque las niñas y los niños afectados por un desastre no nos piden lástima: nos piden que no miremos hacia otro lado”.

Su metáfora es que “la psique es como un globo: no soporta cualquier presión”. Para los niños venezolanos que perdieron su casa o a alguien cercano en junio, ¿qué es lo primero para aliviar esa presión?

“El primer paso es ayudar a las niñas y los niños a sentirse seguros de nuevo. Un terremoto no solo destruye casas: destroza el sentido de seguridad de una niña o un niño. Tenemos que aliviar esa presión atendiendo sus necesidades inmediatas de alimento, acceso a agua, refugio y protección, y dándoles al mismo tiempo algo igual de importante: la oportunidad de jugar, aprender, reír y simplemente volver a ser niñas y niños.

Una de las grandes lecciones de todos los desastres es que la esperanza es un catalizador de la recuperación. He visto a niñas y niños expresar sus miedos a través de dibujos en los primeros días después de un terremoto y luego, a medida que reciben cuidado, amistad y apoyo, esos mismos dibujos empiezan a llenarse de color y de esperanza.

El mensaje alentador es que todos tenemos un papel que desempeñar. Trabajadores humanitarios, docentes, padres y madres, artistas, músicos, voluntarios, vecinos y organizaciones donantes: todas y todos ayudan a las niñas y los niños a recuperarse. Una palabra amable, un aula segura, un balón de fútbol, una cometa, una canción o un simple acto de compasión pueden convertirse en parte de la sanación de una niña o un niño.

No ser abandonado es un poderoso catalizador de la recuperación. Plan International colabora con Payasos Sin Fronteras para llevar risas a las zonas de desastre. Es una alianza creativa y poderosa que ayuda a las niñas y los niños a sanar, les regala momentos preciosos de risa y nos da la oportunidad de transmitirles mensajes sencillos y claros que contribuyen a su recuperación.

Un desastre nunca debería ser una sentencia de muerte ni el capítulo final en la vida de una niña o un niño. Si actuamos temprano, actuamos juntos y ponemos a la niñez en el corazón de nuestra respuesta, podemos ayudarles a pasar del miedo a la esperanza, de la supervivencia a la recuperación, y de la tragedia a un futuro lleno de posibilidades.

Estar ahora en Colombia me recuerda una de mis frases favoritas y más lúcidas de Gabriel García Márquez: «No es cierto que las personas dejan de perseguir sus sueños porque envejecen; envejecen porque dejan de perseguir sus sueños». Recordar esas palabras me devuelve a una verdad sencilla: un terremoto no le quita a un niño la necesidad de jugar. Quitarle el juego es lo que permite que el trauma se instale”.

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