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Cinco formas de rascarse las pulgas

Arrancamos con la perspectiva más peligrosa y es la de quienes renuncian al pensamiento crítico y en vez de elegir un programa, eligen un dogma o un líder convertido en deidad.

hace 2 horas
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  • Cinco formas de rascarse las pulgas

Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

Mi tío que es filósofo suele decir que cada perro tiene su propia forma de rascarse las pulgas. Y no le falta razón: no existen las verdades absolutas sino las múltiples perspectivas que son válidas dependiendo de la situación de cada ser humano. En otras palabras el «Yo soy yo y mis circunstancias» de Ortega y Gasset. Pero hoy no vine a hablar de filosofía, sino de perros y de las diferentes perspectivas que nos hacen elegir lo que elegimos, dicho de otra manera, de rascarnos las pulgas. Parece pertinente cuando lo que estamos eligiendo es, ni más ni menos, el rumbo del país.

Arrancamos con la perspectiva más peligrosa y es la de quienes renuncian al pensamiento crítico y en vez de elegir un programa, eligen un dogma o un líder convertido en deidad. Por supuesto estoy hablando de los fanáticos quienes, sin duda, preferirían aniquilar a los demás perros antes de admitir que hay otras formas de rascarse. «El fanático ve al que piensa distinto como un enemigo personal; prefiere ver destruido el mundo antes que admitir que pueda tener razón aquel que no comparte sus opiniones», nos recuerda Zweig.

Seguimos con los interesados que no eligen pensando en el bien común, sino en la estabilidad de sus propios negocios, bolsillos o estatus. La frase que mejor ilustra este perfil la dijo Pérez Galdós en su novela Miau donde narra el trágico descenso a la miseria de un funcionario y su familia: «Aquí no se lucha por ideas. Todo el mundo aquí tiene la misma opinión del que gobierna o del que va a gobernar, porque todo el mundo quiere asegurar el pan o aumentarlo. La política no está en las cabezas, sino en los estómagos» o lo que es igual a un perro que se rasca sólo donde le conviene.

Luego están los resignados que ya no creen en nadie y dan por hecho que las promesas serán incumplidas, sin embargo, se esfuerzan por ir a las urnas y elegir la menos peor de las opciones, como el perro que ha perdido las garras y no puede aliviarse el picor y, aun así, sigue intentado rascarse. «Votamos por el menos malo, por el que miente con más cortesía, sabiendo que mañana el olvido estrenará su nueva máscara», dice Mario Benedetti en la obra Andamios.

Continuamos con los rebeldes silenciosos que se las ingenian para hacerle saber al sistema que ninguno de sus candidatos es digno, algo así como el perro que protesta negándose a rascarse. Imposible no pensar aquí en El ensayo de la ceguera de Saramago cuando, en una ciudad sin nombre, la mayoría de los votantes deciden hacerlo en blanco: «La ciudad, de manera espontánea, había decidido no elegir a nadie, dejando al gobierno ante el espejo de su propia inutilidad. No era un acto de pereza, era una insurrección pacífica de la lucidez».

Terminamos con los apáticos que ni siquiera se toman el trabajo de participar porque están convencidos de que, como todos los políticos son desastrosos y corruptos, ninguno logrará una mejoría significativa. Los apáticos saben que el perro, aunque se rasque de mil maneras, incluso aunque cambie de nombre, seguirá teniendo pulgas.

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