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Por Cristian Halaby fernández - opinion@elcolombiano.com.co

Generar riqueza para reconstruir

Colombia no necesita que le tengan fe: necesita tenérsela. Ya nos levantamos una vez. Sería imperdonable que de tanto dolor salgan casas nuevas y la misma economía de siempre.

hace 2 horas
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  • Generar riqueza para reconstruir
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Por Cristian Halaby fernández - opinion@elcolombiano.com.co

Hay una imagen que no me abandona. Un rescatista levanta el puño sobre los escombros de un edificio en Cali y todos callan. Las máquinas se apagan, la ciudad se queda muda. Están escuchando: buscan un quejido bajo las ruinas. En ese silencio cabe todo lo que somos.

Y lo que somos apareció en horas. Vecinos escarbando con las manos. Una mujer sacada con vida del cemento y el aplauso que estalló después. Colombia, esa que damos por perdida, se reconoció entre los escombros. No pondré aquí una cifra de muertos: la que escriba hoy quedará corta cuando usted lea esto. Pero ese país solidario tiene fecha de vencimiento. Las donaciones duran semanas; la reconstrucción dura años. En tres meses las cámaras se irán y en Quimbaya seguirá habiendo más de ochocientas familias sin casa. La pregunta no es si vamos a ayudar —eso ya lo demostramos—, sino si sabremos volver permanente esa ternura.

Ya lo hicimos antes. Tras el terremoto de Armenia, el Decreto 197 de 1999 creó el FOREC: una entidad sin estructura administrativa propia, que delegó la ejecución en gerencias zonales privadas y nació con fecha de cierre escrita. Según el Conpes 3131 movilizó cerca de 1,59 billones de pesos y su funcionamiento costó apenas el 5,4% del total. Colombia le enseñó al mundo a reconstruir, y por eso acierta el ministro Rodrigo Lara al pedir que se acuda a esa experiencia.

Pero hubo una segunda lección que no recordamos: la Ley 608 de 2000, la Ley Quimbaya, que ofreció exenciones para atraer empresas a la zona. Se acogieron menos de cien, muchas ya existentes que solo cambiaron de domicilio. Su efecto se apagó antes de que venciera el plazo, como admitió la Cámara de Comercio de Armenia.

Creo en el incentivo tributario: la tarifa cero de renta en los primeros años le dice a un muchacho de Quibdó que si se atreve a fundar algo, el país lo acompaña. El problema nunca fue el instrumento sino su redacción. Premiar al que se muda solo traslada empleos. Premiar a la empresa que nace —constituida después del sismo, con nómina formal y devolución del beneficio para quien incumpla— crea trabajo donde no había nada. Y el trabajo, no el subsidio, devuelve la dignidad.

El municipio más golpeado del Quindío no fue Armenia: fue Quimbaya, con al menos 450 casas en el suelo y cerca de mil averiadas, en un pueblo donde la gente todavía se saluda por el nombre. Y su única víctima mortal no murió bajo un edificio, sino en un derrumbe en una vía veredal. En decenas de veredas del Valle y del Chocó hay casas campesinas caídas que nadie fue a contar. En 1999 pasó igual: menos del 9% de lo invertido el primer año llegó al campo. Y es allí donde cada peso rinde más, porque la casa del campesino no es solo su techo: es su empresa. Que el éxito no se mida en torres de capital, sino en familias de Quimbaya que perdieron veintisiete años de trabajo por segunda vez.

Colombia no necesita que le tengan fe: necesita tenérsela. Ya nos levantamos una vez. Sería imperdonable que de tanto dolor salgan casas nuevas y la misma economía de siempre. Que el silencio de aquel rescatista en Cali sirva de algo. Es lo mínimo que les debemos a los que ya no están

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