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La obsesión por la evidencia estadística, el olvido de la historia y el desprecio soberbio hacia las humanidades han alejado a muchos de las preguntas que importan. Por eso refresca leer a Mokyr.
Por David González Escobar - davidgonzalezescobar@gmail.com
Una virtud de las decisiones recientes de la Real Academia Sueca de Ciencias con el Nobel de Economía es algo poco frecuente en este tipo de galardones: que cualquier persona, sin contexto previo ni formación como economista, pueda leer directamente a los premiados.
Ocurrió con Daron Acemoglu y James Robinson, que en Por qué fracasan los países volvieron accesibles muchas de las ideas detrás de su investigación sobre instituciones y desarrollo. Con Abhijit Banerjee y Esther Duflo en Poor Economics, un libro magnífico para entender cómo piensan y deciden las personas en condiciones de pobreza extrema, y una aplicación ejemplar de su modelo de RCTs para evaluar qué políticas públicas funcionan y cuáles no. Y con Richard Thaler en Nudge, que le abrió al gran público las puertas de la economía del comportamiento.
Esta posibilidad resulta extraña incluso para quienes, como yo, estudiamos Economía. Permite adentrarse en ideas que en el pregrado apenas se exploran, donde suele enseñarse a matematizarlo todo y a veces se confunde la disciplina —que hasta finales del siglo XIX se conocía como political economy— con la econometría, descuidando las grandes preguntas que la Economía ha cargado desde siempre.
Por eso fue un gusto leer de primera mano A Culture of Growth, una de las obras por las cuales el historiador económico Joel Mokyr recibió el Nobel en 2025.
La pregunta de Mokyr es conocida: ¿por qué la Revolución Industrial se dio en Europa, y no en China o en Oriente Medio, regiones que siglos antes habían sido más avanzadas tecnológicamente y más ricas? Su respuesta viene desde la cultura.
Hacia el siglo XVII, figuras intelectuales como Francis Bacon e Isaac Newton, y cambios de fondo como la expansión de la imprenta y el auge de las sociedades científicas que circulaban ideas por toda Europa, ayudaron a instalar una idea que hoy damos por sentada, pero que entonces era revolucionaria: que la ciencia no era un pasatiempo contemplativo de eruditos, sino una herramienta para mejorarle la calidad de vida y un camino a una sociedad más abundante. Mokyr muestra, con rigor y amplia evidencia histórica, cómo esa creencia se volvió socialmente aceptada antes de que existiera la máquina de vapor.
Ese giro cultural, acompañado por instituciones como la Royal Society —fundada en 1660—, fusionó a científicos y artesanos, a los que pensaban y a los que hacían, mucho antes de lo que suponía el consenso académico hasta hace unas décadas. Se juntaron, además, las condiciones políticas adecuadas. En China, la clase dirigente monopolizaba el poder y temía que los librepensadores alteraran el orden establecido. Europa, en cambio, estaba políticamente fragmentada en decenas de reinos sin capacidad de imponerse sobre el continente entero: un académico perseguido en un país podía escapar al vecino y continuar su trabajo, una vía de escape inexistente en los imperios de Oriente. Ese contraste, insiste Mokyr, fue un accidente histórico que permitió que las ideas sobrevivieran a la censura.
A algunos economistas no les gusta este Nobel: las tesis de Mokyr son difíciles de meter en un modelo de regresión. La obsesión por la evidencia estadística, el olvido de la historia y, en no pocos casos, el desprecio soberbio hacia las humanidades han alejado a muchos en la profesión de las preguntas que importan. Por eso refresca leer a autores como Mokyr.