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Extrañas formas de amor

Había tanto amor en la disfrazada frialdad de la mamá cuando nos obligaba a vomitar en bolsa para protegernos de la guerrilla, como en la paciencia hacia nuestro amigo que nos tuvo ocupados el viaje entero cuidándolo.

hace 1 hora
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  • Extrañas formas de amor

Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

Las carreteras de este país hacen que cualquier regreso a casa sea un infierno. No importa que hayas tenido un fin de semana memorable, junto al río con buenos amigos, las carreteras se encargarán de recordarte que la magia se ha acabado y la vida sigue tal y como la conocías. Además, uno de los pasajeros estaba enfermo y teníamos que parar para que vomitara y luego estar atentos buscando farmacias al pie de la vía para comprarle los medicamentos. Como buena hija de mi mamá, antes de abordar, le había advertido que llevara bolsa. Todos se rieron, aunque yo hablaba en serio.

En la infancia, antes de un viaje largo en carro, la mamá siempre nos decía: «Empaquen bolsa que no puedo estar parando cada media hora». Tenía sentido, éramos cinco niños y la vía a la costa estaba llena de curvas. Hoy sé que la verdadera razón para no parar era evitar un secuestro. A manera de juego, también nos decía que contáramos en voz alta los carros que venían en el sentido contrario y, cuando se percataba de que llevábamos mucho tiempo callados, se orillaba con cualquier excusa. Hoy también sé que la ausencia de carros significaba que más adelante había una pesca milagrosa. A veces pienso que la mamá era un poco como Roberto Benigni en La vida es bella.

Pero volvamos al vómito. Con el carro orillado y mi amigo haciendo lo suyo, nos preguntamos por qué los niños de hoy no se marean tanto como lo hacíamos los de antes. Recordé mi bolsa y las de mis hermanos al límite, tanto, tanto, que hacíamos competencias por ver quién la llenaba más. Además estaba el vértigo de que el hermano del lado se descuidara o que la mamá se fuera a un hueco o se saltara un policía acostado y ocurriera un derramamiento.

Entre parada y parada atendiendo nuestra pequeña emergencia, conjeturamos si los niños de hoy se marean menos debido a que la tecnología automotriz ha mejorado y los carros son más estables. De pronto las carreteras, aunque sigan siendo tan malas, han mejorado un poco. Mi teoría es que, por estos días, los niños viven pegados a una pantalla casi desde que nacen. Los carros ya las traen de fábrica y eso, de alguna manera, los inmuniza, los acostumbra desde muy pequeños, a hacer dos actividades que tradicionalmente desembocaban en mareo. Lo que soy yo, a estas alturas de mi vida sigo sin poder revisar el celular cuando voy en un carro. También cabe el caso de que, como no tenemos hijos, no nos hayamos enterado de la persistencia del problema. Y no importa, porque al final lo que quería con esta columna era hablar de amor. Sí, leyeron bien, de amor.

Regresé a casa pensando que había tanto amor en la disfrazada frialdad de la mamá cuando nos obligaba a vomitar en bolsa para protegernos de la guerrilla, como en la paciencia hacia nuestro amigo que nos tuvo ocupados el viaje entero cuidándolo y parando cada vez que lo necesitaba. A esto me refiero cuando digo que el amor tiene dos caras, aunque, a veces, parezcan tan opuestas.

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