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Desenrollar la madeja

Cuando alguien acude a mí en busca de consejo, a menudo le digo que la mejor forma de solucionar algo es sacándolo de adentro para poder tomar distancia y verlo mejor.

hace 57 minutos
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  • Desenrollar la madeja

Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

Lápiz, papel y pala eran mis herramientas para comunicarme. ¿Con quién? No estaba segura. Posiblemente conmigo misma. Recién había aprendido a escribir y tenía la costumbre de hacerlo en papelitos que luego enterraba. En ellos apuntaba promesas, deseos, conjuros, pensamientos que no me atreví a contarle a nadie en su momento. Hoy sigo sin hacerlo. Todavía me acuerdo del lugar exacto donde enterré cada papelito. Soy como una ardilla, un carpintero, una urraca, conozco el punto exacto donde escondo mis semillas.

Rescaté del olvido mi pequeño ritual cuando vi A Ghost Story, una película en la cual la protagonista también tenía la costumbre de esconder papelitos. Tras un accidente, su esposo se convierte en fantasma —uno de verdad, con sábana blanca y un par de huecos a la altura de los ojos— y decide permanecer invisible, junto a ella, dentro de la casa. Descubre que la vida como fantasma es tediosa y sin sentido. Un día ve a su esposa escribiendo una nota y escondiéndola entre una ranura estrecha de la pared y entonces se obsesiona con leerla. Menos mal es un fantasma inmortal porque sacarla de ahí le tomará un buen tiempo.

Todo lo anterior vino a mi cabeza cuando supe que Anne Carson se había ganado el Premio Nobel de literatura. Tengo enmarcado uno de sus poemas que habla de la importancia de contar las propias verdades, por grandes o pequeñas que sean. «Si no eres la persona libre que quieres ser, busca un lugar donde puedas contar la verdad sobre ello. Contar cómo te va con todo. La franqueza es como una madeja que se produce a diario en el vientre, tiene que desenrollarse en algún lado», escribió. El poema me interpela porque, cuando alguien acude a mí en busca de consejo, a menudo le digo que la mejor forma de solucionar algo es sacándolo de adentro para poder tomar distancia y verlo mejor. Carson propone: «Podrías susurrar de cara a un pozo. Podrías escribir una carta y mantenerla guardada en la gaveta. Podrías escribir una maldición en una cinta de plomo y enterrarla para que nadie la lea por mil años». No hay que ser necesariamente un escritor, porque la motivación no debe ser otra que la de contar la propia verdad, independiente de que alguien más vaya a leerla o no. «Piensa en una persona de pie, sola en un cuarto. La casa está en silencio. La persona lee un pedazo de papel. No existe nada más. Todas sus venas se pasan al papel. Toma la pluma y escribe en él unos signos que nadie más va a ver, le confiere así como una plusvalía, y todo lo remata con un gesto tan privado y preciso como su propio nombre», concluye el poema. Gracias a él, finalmente entendí la razón de ser de los papelitos enterrados, de las variadas libretas y cuadernos que lleno sin orden ni estructura, de las mil hojas y hojitas que no sabía para qué escribía y, ahora sé, son para mí misma, para desenrollar la madeja de mi vientre.

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