En Vallejuelo, la finca solariega de mi abuelo que después fue de mi madre, en Sopetrán, había pavos reales y pavos comunes o piscos, que llamamos. Entre los piscos que cuidaba Rosa, la mayordoma, había uno negro, grande y muy bravo que perseguía a los niños cuando lo molestaban y por supuesto los hijos de mi hermana Maritsa, insoportables ellos, gozaban molestando al pavo negro hasta que lo hacían correr detrás de ellos picoteando y graznando. Cierto día el pavo negro alcanzó a uno de mis sobrinos y de un picotazo le arrancó el bolsillo de atrás del pantalón, dejándole de paso su buen mordisco en una nalga. Mi madre, ofuscada por el llanto del mimado nieto, ordenó el sacrificio del pavo, para celebrar al día siguiente la venida de los primos...