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¿Llegó la hora de callarme?

Frente a esa aplanadora, ¿qué camino queda? Rendirse y adaptarse a la corriente dominante sería la salida más cómoda para evitar el matoneo y vivir en paz.

hace 3 horas
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  • ¿Llegó la hora de callarme?

Por Diego Santos - @diegoasantos

En las últimas dos semanas, varias personas se me han acercado con genuina preocupación a darme un consejo no solicitado: bájale al tono, deja de criticar tanto al gobierno de Abelardo De La Espriella. Me lo dicen con afecto, desde la prudencia de quienes me aprecian. Al mismo tiempo, en el muladar de las redes sociales, la marea de insultos y hostigamientos crece de forma exponencial por cuenta de las opiniones que he manifestado durante este mes y medio de mandato.

La insistencia termina por perforar la coraza. ¿Será que me estoy equivocando?, me he llegado a preguntar frente al espejo. ¿Será que sigo respirando por la herida tras la derrota de mi candidata en las urnas? ¿Me estoy convirtiendo en una suerte de Don Quijote desguarambilado, peleando batallas anacrónicas contra molinos de viento invencibles? No lo sé a ciencia cierta.

Lo único indiscutible es mi profunda incomodidad en este nuevo ecosistema nacional y global. Asistimos a un teatro grotesco donde los autoritarismos cercenan las democracias liberales sin sonrojarse, mientras una tecnología desbocada le otorga alas a la desinformación y convierte el odio digital en combustible electoral. Vivimos en un mundo donde el ciudadano premia al más estridente del reality, la religión vuelve a blandirse como un arma arrojadiza y la inteligencia artificial amenaza con dejar obsoleta a nuestra propia especie a la vuelta de la esquina.

Ante semejante panorama, el dilema es inevitable. ¿No será momento de claudicar y aceptar el mundo que nos tocó? ¿Dedicarme a mis asuntos, cuidar mi metro cuadrado y dejar de desgastarme intentando corregir el rumbo de una sociedad que eligió conscientemente este camino?

Años atrás, la purga de periodistas críticos en un medio tradicional por presiones del poder habría provocado un terremoto de solidaridad civil. Hoy el festejo es unánime y la masa aplaude al verdugo bajo la consigna de que para eso votaron. Las mayorías reclaman autoridad sin cortapisas, puño de hierro y venganza contra el pasado. Pretender que millones de personas están ciegas y que solo unos pocos iluminados tenemos la razón roza con la arrogancia y la vanidad intelectual.

He dedicado buena parte de estos meses a estudiar cómo las nuevas derechas, los movimientos confesionales y los agitadores algorítmicos construyeron esta hegemonía cultural. Es un tablero implacable donde solo se juega a todo o nada, sin matices ni espacios para la moderación.

Frente a esa aplanadora, ¿qué camino queda? Rendirse y adaptarse a la corriente dominante sería la salida más cómoda para evitar el matoneo y vivir en paz. Sin embargo, no me queda más remedio que apelar a mi propia conciencia. Y esa voz interior, terca y solitaria, me recuerda que acomodarse a la mezquindad colectiva para encajar en la época no es pragmatismo, sino cobardía. Prefiero seguir remando contra la corriente si eso es lo que me permite apoyar la cabeza en la almohada y dormir tranquilo. Como me dijo una vez un jefe: “No haga nada de lo que sus hijos se sentirían avergonzados”.

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