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Amores fugaces

Le pagamos con la nostalgia que le provocaba compartir con sus colegas del país del mosquito, el jaguar y la anaconda.

hace 1 hora
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  • Amores fugaces

Por Óscar Domínguez Giraldo - oscardominguezg@outlook.com

Sin eco entre los rostros de madera de la Academia de la Lengua he propuesto la siguiente acepción para la voz amigo: Espécimen al que uno invita al cumpleaños, al grado, al matrimonio, al divorcio, a todo, menos al entierro. Pero allí estará sin falta.

En su famoso poema, Kipling elogia al “milésimo hombre que estará a tu lado

hasta el patíbulo, ¡y después!”. Ese hombre entre mil es el verdadero amigo. (Víctor Hugo sugería tener enemigos que cuestionen nuestras certezas). Somos la suma de los amigos y enemigos que hemos disfrutado o padecido. El azar también nos depara amigos efímeros que nos asistieron y se esfumaron.

No volví a ver a un barranquillero bueno, extrovertido, talentoso, servicial: Fernando Álvarez. Fue el primer cerebro fugado que conocí. En septiembre de 1977 nos dio una soberbia mano en Washington a los enviados de Todelar que cubrimos la firma de los tratados Torrijos-Carter.

El gordo Fernando levantaba para los garbanzos como narrador de boxeo y béisbol en Nueva York, su sede. Adonde fuera Cassius Clay lo acompañaba para narrar su “baile de la mariposa” al que seguían nocauts fulminantes. Sacaba sonido hasta del pasaporte lo que nos permitía salir al aire. Terminado el cubrimiento nos invitó a su casa en Nueva York. Le pagamos con la nostalgia que le provocaba compartir con sus colegas del país del mosquito, el jaguar y la anaconda.

Ignacio, bogotano, me adoptó como su mascota en Estocolmo cuando fui a cubrir para Radio Súper y Colprensa la entrega del Nobel de literatura a un señor de bigote a lo Bienvenido Granda que redactaba muy bien. Se compadeció al verme competir contra cacaos del periodismo como Gossaín, Yamid Amat y Darío Arizmendi, hijo de don Kiko, peluquero de Yarumal.

Nacho me enseñó la ciudad, me llevó a ver estriptís en el cabaré “Le chat noir” y me acompañó como traductor a “comprar” un sofisticado equipo de comunicaciones con el que transmití la ceremonia. Al día siguiente, redondeamos la colombianada cuando devolvimos el equipo porque “no llenaba mis expectativas”. Lo invité a superdesabridas albóndigas en Ikea de la capital sueca.

Cuando Dios no viene manda el muchachito. De unos amigos se valió el “que pierde su tiempo fabricando estrellas” mientras existan megalómanos como Trump, para notificarme que me había llamado -no escogido- para servir lejos del “mundanal ruido”. Al cuarto año de seminario nunca volvieron mis amigos Méndez, Soto, Morales y Gutiérrez. Sin amigos no hay seminario, me dije, y volví a casa reventando flota Arauca.

Menos mal me veo con uno de mis amigos del seminario, el obispo Alejo y su hermano Edgar. Arreglamos el mundo y nos abrazamos antes de volver a nuestras cuatro paredes. Todos mis amigos son septiembres que caminan.

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