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Respetuosa carta electoral al elector

Vote con los ojos abiertos. Que la rabia es legítima pero que no puede ser el único criterio. Que Colombia merece algo mejor que escoger entre el fuego y la gasolina.

hace 1 hora
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  • Respetuosa carta electoral al elector

Por Diego Santos - @diegoasantos

No soy nadie para decirle por quién votar. Esa decisión es suya, es íntima, y cualquiera que sea merece respeto. Sí, incluso si usted decide votar por alguien como Iván Cepeda, que lleva meses diciéndonos con todas las letras que quiere cambiar la Constitución de Colombia. Su voto, su conciencia.

Dicho eso, sí me siento con la autoridad —no moral, sino analítica— de contarle lo que veo. Y lo que veo no me gusta.

Me preocupa que una parte considerable del electorado colombiano haya llegado a la conclusión de que el incendio que está dejando Gustavo Petro se apaga con gasolina. Y la gasolina, en este caso, tiene nombre propio: Abelardo de la Espriella. Un hombre con un discurso que dista mucho de mesurado, con las cualidades propias de quien sabe cómo trabajarle las emociones a la gente, cómo encontrar el nervio expuesto y presionarlo hasta que el dolor se convierta en voto.

Colombia no puede permitirse seguirle echando gasolina al fuego. No después de lo que hemos visto. No después de lo que el mundo nos ha enseñado. Permítame un par de ejemplos para que no parezca que estoy hablando solo de intuiciones.

Brasil. Lula gobernó con todas sus luces y todas sus sombras. La reacción de una parte de la sociedad brasilera fue Bolsonaro: un hombre que romantizaba la dictadura militar, que atacaba instituciones con la misma energía con la que Petro ataca las nuestras, y que terminó siendo investigado por un presunto golpe de Estado. ¿Mejoró Brasil con ese péndulo? Lo que mejoró fue la polarización. Lo que mejoró fue el odio.

Argentina. Décadas de kirchnerismo desgastaron a la sociedad argentina hasta el tuétano. La respuesta fue Milei, un economista que llegó al poder con una motosierra como símbolo de campaña y con la promesa de destruir el Estado. Hoy Argentina lleva más de un año en un experimento de shock que tiene a millones de personas en condiciones muy difíciles, con un presidente que insulta a quien lo contradice y que gobierna por decreto porque el Congreso no le da mayorías. ¿Es eso lo que queremos? ¿Cambiar un desastre por otro desastre con diferente bandera?

El patrón se repite. La gente harta de un extremo abraza el otro extremo. Y el otro extremo, en lugar de curar, profundiza la herida. Colombia está en ese filo ahora mismo. Petro ha sido un desastre administrado con arrogancia. Ha erosionado la confianza en las instituciones, ha espantado la inversión, ha gobernado con el manual del caudillo latinoamericano que se cree por encima del juego. Eso es real. Eso es innegable. Y entiendo la rabia. La comparto en varios puntos. Pero la rabia no es una brújula, sino un acelerador, y cuando uno le mete acelerador a un carro sin frenos, el destino no es incierto: es el abismo.

Repito: no le estoy diciendo por quién votar. Le estoy diciendo que vote con los ojos abiertos. Que la rabia es legítima pero que no puede ser el único criterio. Que Colombia merece algo mejor que escoger entre el fuego y la gasolina. Esa es mi lectura. La suya es suya.

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