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A tres semanas

hace 1 hora
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  • A tres semanas

Por Luis Diego Monsalve - @ldmonsalve

Hace unos días, en medio de una conversación sobre la recta final de la campaña, alguien me dijo sin rodeos: no basta con tener la mejor candidata, hay que tener la campaña capaz de ganar. La frase puede sonar obvia, pero en este momento es todo.

A tres semanas de la primera vuelta, la elección entró en su fase definitiva. Y aquí ya no cuentan tanto las intenciones, sino la capacidad de ejecutar, ajustar y conectar.

Las encuestas muestran un escenario exigente. Abelardo se mantiene en niveles cercanos al 25%, mientras Paloma aparece unos puntos por debajo, en una disputa abierta por ese segundo lugar. Al mismo tiempo, todo parece indicar que el candidato del continuismo llegará de primero en la primera vuelta, impulsado además por la campaña abierta y descarada que desde el gobierno, empezando por el propio presidente, se viene haciendo a su favor.

No es un panorama cómodo. Pero tampoco es un resultado escrito. En política, tres semanas pueden cambiarlo todo... o no cambiar nada. Depende de lo que se haga con ellas.

Paloma tiene atributos que pocas candidaturas reúnen: preparación, claridad, carácter y consistencia. Pero en este punto eso ya no es suficiente. Porque una campaña es, en esencia, un ejercicio de conexión. Y hoy esa conexión tiene que darse en dos frentes al mismo tiempo.

Por un lado, consolidar el electorado natural: la derecha histórica, los votantes del Centro Democrático, quienes esperan una señal clara de liderazgo y de capacidad real de triunfo. Ese respaldo no puede darse por descontado; tiene que activarse, movilizarse y ordenarse.

Por otro, crecer hacia donde está la elección: el centro. Un espacio más amplio, más volátil y, sobre todo, decisivo. Allí están los indecisos, los desencantados, quienes votaron por el cambio hace cuatro años y hoy no se sienten representados por el rumbo que tomó el país. En ese terreno, la fórmula con Oviedo representa una oportunidad evidente de expansión.

El reto, entonces, no es uno. Son dos, y simultáneos: consolidar hacia adentro y expandir hacia afuera. Y hacerlo en tiempo récord.

Pero hay un tercer elemento que no se puede ignorar: la competencia dentro del mismo espectro. La disputa con Abelardo será intensa, como corresponde. Pero convertirla en una confrontación destructiva sería un error estratégico. Porque la realidad es simple: quien pase a segunda vuelta necesitará, prácticamente en su totalidad, los votos del otro. Aquí no hay espacio para rupturas irreparables.

Porque más allá de nombres, hay una decisión de fondo que debería ordenar todo el tablero. Colombia no está eligiendo simplemente entre candidatos. Está decidiendo si prolonga un modelo de gobierno que ha debilitado la confianza, ha generado incertidumbre económica y ha tensionado las instituciones, o si toma un rumbo distinto.

Esa es la verdadera elección.

Por eso, estas tres semanas no son de rutina. Son de definición. No se trata de administrar la campaña, sino de transformarla: Ajustar el mensaje, ampliar la conversación, conectar con nuevos votantes. Y, sobre todo, proyectar con claridad que se puede ganar.

Porque en política no siempre pasa el mejor preparado. Pasa el que logra convencer a tiempo. Y en esta elección, más que nunca, no se trata solo de llegar a segunda vuelta. Se trata de llegar con la capacidad real de construir la mayoría que permita cambiar el rumbo del país.

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