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El algoritmo busca un alma

El mercado laboral más avanzado del planeta nos está gritando que el futuro no pertenece exclusivamente a quienes dominan la sintaxis del código, sino a quienes comprenden la semántica de la existencia.

hace 39 minutos
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  • El algoritmo busca un alma

Por Lina María Múnera G. - muneralina66@gmail.com

El destino siempre opera con una ironía deliciosa. Hace unos años, el dogma del progreso dictaba una sentencia implacable para los jóvenes: “aprendan a programar o queden obsoletos”. Las humanidades fueron arrinconadas en las esquinas de los presupuestos universitarios, tildadas de adornos románticos, inútiles para el rugido de Silicon Valley. Pues bien, un reciente informe de The Economist nos devuelve la esperanza al revelar que los titanes de la Inteligencia Artificial, los guardianes del código, ahora corren a buscar a los guardianes del pensamiento que todavía existen en el mundo.

Este giro de timón no responde a un repentino ataque de romanticismo corporativo, sino al choque brutal contra una realidad evidente: la técnica pura es ciega. Hemos construido catedrales de datos capaces de procesar millones de variables en segundos, pero absolutamente incapaces de distinguir el valor de la verdad, la sutileza de la justicia o la profundidad del dolor humano. Los laboratorios de IA se han dado cuenta de que un chatbot optimizado para complacer al usuario termina siendo un adulador peligroso, propenso a inventar realidades o a amplificar los peores sesgos de nuestra historia escrita.

Para evitar este canibalismo cultural, la industria ha tenido que recurrir al viejo método socrático. Contratan filósofos para que interroguen a la máquina, para que la incomoden, para que traduzcan dilemas morales milenarios en reglas de comportamiento algorítmico. Ya no basta con que el sistema sea eficiente sino que ahora urge que sea ético. El gran reto de OpenAI, Google o Anthropic no es que sus modelos calculen más rápido, sino resolver si un sistema debe ser utilitarista o deontológico cuando se enfrenta a una decisión que afecta vidas humanas.

Para confirmar esta realidad aquí va otra fuente que confirma lo expuesto: a principios de este año, la Reserva Federal de Nueva York publicó datos que confirman que los licenciados en Filosofía en Estados Unidos tienen más probabilidades de trabajar que quienes estudiaron informática. El mercado laboral más avanzado del planeta nos está gritando que el futuro no pertenece exclusivamente a quienes dominan la sintaxis del código, sino a quienes comprenden la semántica de la existencia. La informática crea la herramienta, pero solo el humanismo puede evitar que nos destruya. Esta paradoja de la modernidad nos recuerda que menospreciar el pensamiento crítico en favor de la instrucción puramente técnica es una pésima idea.

La gran ironía de la era digital es que para salvar a la inteligencia artificial de su propia vacuidad, hemos tenido que desenterrar a Platón, a Kant y a Mill. Al final del día, los ingenieros se dieron cuenta de que podían simular el pensamiento humano, pero para enseñarle a la máquina a convivir con nosotros, primero necesitaban a alguien que entendiera qué nos hace verdaderamente humanos. El algoritmo, en su inmensa y fría soledad de datos, sigue buscando desesperadamente un alma. Y esa, por fortuna, no se programa usando Python, uno de los lenguajes de programación más populares del mundo. Se cultiva en los libros de filosofía.

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