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Por Paola A. Cardona Tobón - territoriodeletras.libros@gmail.com

El gigante revelado

Con su fachada ajedrezada y sus sólidas cúpulas, el Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe está listo para abrazar con la historia, el arte, la arquitectura, los libros y la música que guarda.

16 de febrero de 2024
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Por Paola A. Cardona Tobón - territoriodeletras.libros@gmail.com

Son las ocho y media de la mañana y los gritos de sí hay mango, sí hay pitaya, sí hay minutos, se escuchan en los bajos de la estación Parque de Berrío. Las escaleras están llenas como una tribuna de estadio con gente que espera algo, no se sabe bien qué.

A esa hora uno no pensaría que el calor brota de las calles, pero lo hace. Un vistazo al cielo para tratar de adivinar los grados centígrados lleva los ojos a una cúpula gris que contrasta con el azul que sacude las nubes. La mirada regresa al suelo y le ordena al cuerpo que corra para evitar que el agua de un balde que alguien hecha con fuerza caiga en los zapatos. Ese movimiento inesperado enruta hacia una gran puerta, la del gigante revelado. Un par de escalones arriba ya se siente un vientecito fresco. Muchos años sin entrar (o nunca); tantas veces de verlo de reojo, de afán, sin dimensionar su presencia.

Ingreso gratuito/Free admission se lee en el pendón de la entrada en el que también explican que allí hay biblioteca, fonoteca, archivo histórico, salas de exhibición y actividades culturales. Una vigilante con sonrisa responde que abrieron desde las ocho y que solo se debe mostrar un documento para seguir e ir, piso a piso, descubriendo ese lugar, declarado Monumento Nacional, en el que el calor se diluye y el cuerpo descansa.

Con su fachada ajedrezada y sus sólidas cúpulas, el Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe está listo para abrazar (y literalmente lo hace en la obra de José Augusto Rivera, Ritual de reconciliación) con la historia, el arte, la arquitectura, los libros y la música que guarda, y para ser visitado al ritmo que se quiera por los que se sientan en sus mesas de lectura o del patio con su jardín y su fuente, y por los que, ansiosos, desean ver desde arriba la cotidianidad del Centro.

Alto en ese palacio, los también altos turistas se toman fotos en la terraza. Esperan el paso del metro para oprimir el botón y capturar la vista con el vagón, el aviso del Hotel Nutibara, el guacayán y las palmeras, las formas góticas, el hervidero del Centro, el cielo que ahora es un solo azul.

¿Qué ven ellos desde esta terraza que los de aquí no sabíamos que existía o no recordábamos? Quizá brillo, belleza, caos. Una sensación que se queda en el cuerpo bailando como la pareja de la obra de Botero cuyos colores resaltan en un edificio contiguo.

En los corredores, los visitantes se saludan, se ofrecen a tomar fotografías a quienes desean más que una selfi; le responden al bibliotecario que claro, que les contarán a otros que pueden ir a trabajar, a prestar libros y que no vale nada. La complicidad que surge entre quienes descubren algo importante.

Los caminantes solitarios se dicen en diálogos internos que regresarán con su familia o amigos para que no se pierdan del Palacio en el Centro, en el que el tiempo transcurre tranquilo mientras afuera la vida da pasos afanados.

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Por Paola A. Cardona Tobón - territoriodeletras.libros@gmail.com

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