Pico y Placa Medellín
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Necesitamos una estrategia profunda, permanente, que vuelva a hablar de valores, de respeto, de convivencia y de orgullo por nuestra ciudad.
Por Juan Camilo Quintero M. - @JuanCQuinteroM
Hay algo que me preocupa más que los trancones, las motos en los andenes o los conductores que se pasan un semáforo en rojo: me preocupa la normalización de esas conductas.
Hace unos días entré a una tienda en la calle 10, al frente, alguien había dejado un carro parqueado, provocando un trancón monumental. Pregunté a unas personas si sabían de quién era el vehículo, “Es nuestro”, me respondieron. Les pregunté si eran conscientes de que allí no se podía parquear y del trancón y dijeron: “No me demoro, que tengan paciencia”.
Esa frase resume una forma de entender la vida en sociedad que privilegia ya no el bien común, sino la comodidad propia. Las motos circulan por andenes, los repartidores van en contravía, los carros se detienen sobre las cebras. Cada vez es más difícil que un conductor ceda el paso, incluso cuando se utiliza correctamente una direccional. Motos con mofles sin silenciador convierten las calles en fuente de ruido, fiestas a todo volumen sin importar los vecinos, la pólvora explosiva sin pensar en los animalitos. Un sin número de acciones que deben invitar a una reflexión.
Medellín ha hecho un esfuerzo enorme por mejorar su infraestructura. Mejoramos vías, parques, sistemas de transporte y espacios públicos que hace unos años parecían imposibles. ¿De qué sirve tener una ciudad cada vez mejor construida si nos cuesta convivir en ella? Nuestra amabilidad ha sido un orgullo de Antioquia. Esa disposición a ayudar, a dar la mano, a recibir al visitante, a tratar bien al desconocido. Eso, que tantos turistas reconocen, no podemos perderlo. Se necesita urgente una conversación sobre algo más sencillo que las grandes obras: las buenas costumbres. Dar la vía, respetar una cebra, no bloquear una intersección, no estacionar donde está prohibido. Bajar el ruido. Respetar el andén, hacer fila, recoger lo que ensuciamos, dejar pasar al peatón. Pensar que detrás de nosotros hay otra persona que tiene afán, obligaciones y una vida.
No se trata de convertir Medellín en una ciudad llena de prohibiciones y sanciones. Es recuperar la conciencia de que “vivir en sociedad implica renunciar a veces a nuestra comodidad para hacerle la vida más fácil a los demás”. Una obra pública sin estrategia cultural del cuidado se deteriora rápido. Un parque que nadie se siente dueño rápidamente es un espacio abandonado y copado por la droga y mantener todo eso le cuesta millones a una ciudad.
Medellín necesita una nueva campaña de cultura ciudadana. Pero no de afiches y vallas, una estrategia profunda, permanente, que vuelva a hablar de valores, de respeto, de convivencia y de orgullo por nuestra ciudad. Que recuerde algo elemental: ser buen ciudadano es pensar en el otro. Podemos seguir construyendo una ciudad moderna, innovadora y llena de grandes obras, pero si queremos que siga enamorando, una ciudad donde vuelva a ser natural tratarnos bien. Volvamos a la esencia donde las pequeñas causas no hacen sentir grandes.