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Este no es momento para apuestas políticas de corto plazo ni para cálculos que desconozcan el impacto de lo que está en juego.
Por Juan Camilo Quintero M. - @JuanCQuinteroM
Tradicionalmente las campañas políticas sobre todo en momentos decisivos, eleva el tono y endurece las posiciones. Pero lo que estamos viendo hoy entre las campañas de Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella merece una reflexión más serena, más estratégica y, sobre todo, más responsable.
Somos conscientes que esta contienda se volvería exigente, sin embargo, lo que empieza a preocupar no es la intensidad del debate, sino su dirección. Porque la competencia interna se está convirtiendo en desgaste mutuo, con un costo no solo para los candidatos, sino el proyecto político en su conjunto de la centro derecha en Colombia. Es como si dos fuerzas armadas antes de una guerra, que deberían complementarse decidieran medirse entre sí con toda la fuerza posible justo antes de enfrentar una guerra con otro país. En política, llegar distanciado equivale a llegar debilitado para unir y poder ganar y posteriormente para gobernar.
Hoy vemos cruces, señalamientos y tensiones que pueden tener lógica en el corto plazo, en la carrera por un cupo a la segunda vuelta. Pero la política no se agota en la primera vuelta. Después de esa etapa viene otra más exigente: la de sumar, la de convocar, la de construir mayorías. Y ahí es donde surge la duda preocupente: ¿qué tan fácil será reconstruir puentes después de haberlos tensionado tanto?
Algunas señales empiezan a generar inquietud. Voces que antes estaban dentro de una misma orilla hoy expresan reservas, incluso hablan de no acompañar al candidato de la centro derecha que pase a segunda vuelta o de inclinarse por el voto en blanco. Eso no es menor, porque el voto independiente, ese que no responde a estructuras, que decide con mayor libertad, no se mueve por lealtades, sino por confianza y la estamos resquebrajando.
Este momento exige algo más que ganar una disputa interna. Colombia no está ante una elección cualquiera. Nos estamos jugando el rumbo de los próximos años, incluso de las próximas décadas. Las decisiones que se tomen hoy, y la forma en que se tomen, van a marcar el tono del país que viene. Basta con ver a Venezuela que pasó en pocas décadas de ser una de las economías más sólidas de América Latina a enfrentar niveles de pobreza que superan el 90% y perder su democracia. Más allá de las diferencias de contexto, hay una lección irrefutable: los errores políticos por peleas internas, cuando se acumulan, tienen consecuencias profundas.
Por eso, este no es momento para apuestas políticas de corto plazo ni para cálculos que desconozcan el impacto de lo que está en juego. Seguramente muchos terminaremos apoyando al candidato que avance a segunda vuelta. Eso hace parte de la dinámica democrática. Pero también es cierto que cada confrontación mal manejada puede ir alejando a quienes hoy son decisivos.
Claramente estamos en una competencia política, pero se debe saber competir sin perder lo esencial: la capacidad de convocar. Porque al final, no se trata únicamente de quién pasa, sino de con qué fuerza se pasa y con cuánta legitimidad llegará a gobernar.