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Por Juan José García Posada - juanjogarpos@gmail.com
Más de medio siglo después de la sentencia dictada por Everett Reimer en La escuela ha muerto y de otros fallos contra la pedagogía tradicional, se reedita la discusión sobre los efectos de las llamadas redes sociales en la instrucción y la formación de los nuevos ciudadanos mediante la internet y la seducción de metodologías y prácticas emergentes impulsadas por las tecnologías. La prohibición a los educadores y a los niños de utilizar tales medios como sustitutivos de la educación formal aviva la polémica.
La transformación de la presencia misional del maestro, el cambio de las aulas tradicionales por las virtuales y del salón de clase por los encuentros en torno a las pantallas y, más serio todavía, el cambio de los propósitos, objetivos y métodos de los conceptos y modos de educar por unos modelos que rompen la antigua escolaridad enseñada por Comenio, son cuestiones que deben inquietarnos a los que nos sentimos llamados a decir algo sobre el futuro incierto de la educación y sus principios y resultados. Se pasa de la creencia engañosa en que al menor hay que dejarlo que juegue con su celular y su computador y se conecte con un mundo distinto del real, a la sospecha y hasta la certidumbre de que las mal llamadas redes sociales reemplazan los contenidos tradicionales por lecciones más tentadoras y dinámicas, pero en conflicto con valores éticos esenciales.
Las amenazas contra la educación de hombres de bien e inteligentes, de ciudadanos altruistas y constructores de una nueva sociedad, no son simples aprensiones. Todos los antivalores se concentran e influyen en las redes sociales, en las redes antisociales, como está comprobado por medio de investigaciones respetables. Desde las muestras de deslealtad, falta de colegaje, irrespeto por derechos personalísimos, por principios elementales como la presunción de inocencia y el debido proceso, hasta actuaciones ilícitas, formas de acción delincuenciales, se aprenden al pie de la letra en las plataformas que se toleran, se patrocinan y se rodean de garantías como dedicaciones convenientes.
La formación básica en casa, en el entorno constructivo del hogar, se les delega a los espacios de encuentro de internet, sin control ni acompañamiento y con la creencia falaz y perniciosa de que los niños quedan muy buen cuidados por las compañías nefastas de tutores e influenciadores inmorales, abusadores y negociantes que nada tienen que ver con la pedagogía ni con las familias. Claro que para los que dirigen la educación podría resultar más barato repartir tabletas y computadores que edificar escuelas y colegios. No faltan los que piensan y actúan así, lejos de asumir responsabilidades como actores de la consigna gobernar es educar. Restringir el uso de las redes antisociales, regularlas de modo severo e inapelable, sancionar a los que violen las normas de control, educar a padres de familia y usuarios no sólo en el manejo de medios tecnológicos fascinantes, es muchísimo más importante que afanarse por resultados mentirosos con el uso de escuelas y galerías virtuales dañinas.