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Un voto de confianza

En una democracia madura, las instituciones electorales no son adversarias del poder político. Son su límite legítimo. Son la garantía de que el poder cambia de manos por la vía pacífica.

hace 3 horas
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  • Un voto de confianza
  • Un voto de confianza

Por Juliana Velásquez Rodríguez* - opinion@elcolombiano.com.co

Colombia se apresta a vivir nuevas jornadas democráticas que, una vez más, pondrán a prueba la solidez de nuestras instituciones. Más de 41 millones de ciudadanos están habilitados para votar en los 32 departamentos del país. Instalar 13.494 puestos de votación, coordinar cerca de 127.000 mesas y movilizar a cientos de miles de jurados no es una tarea menor: es una operación logística de escala nacional que, desde 1948, recae sobre la Registraduría Nacional del Estado Civil. Es el engranaje central de nuestro sistema democrático.

Nada en esta operación se improvisa. Durante los últimos años, el Registrador Nacional, Hernán Penagos Giraldo, y su equipo han recorrido el país, no solo organizando elecciones sino garantizando identidad, cerrando brechas de registro civil y llevando institucionalidad a territorios donde el Estado suele llegar tarde. La autoridad electoral no aparece cada cuatro años: trabaja todos los días.

Pero la democracia no depende únicamente de una institución. Depende de un sistema. Y en ese sistema, la Misión de Observación Electoral (MOE), bajo el liderazgo de Alejandra Barrios, cumple una función esencial: observar, alertar y proteger la transparencia del proceso. Con dos décadas de experiencia, la MOE ha sido consistente en señalar que los riesgos más graves no están en la logística electoral sino en factores estructurales que conocemos bien: violencia territorial, compra de votos, constreñimiento al elector, captura política de regiones completas.

El informe más reciente advierte que el 11,02% del censo electoral, es decir más de 4,5 millones de votantes, está bajo algún nivel de riesgo, con escenarios particularmente críticos en departamentos como Cauca y Chocó. Ese es el verdadero desafío. No la urna. No el formulario. No el software. El desafío está donde la democracia se enfrenta a economías ilegales y poderes armados criminales que coaccionan y determinan el voto de poblaciones enteras.

A estos riesgos históricos, en esta campaña se suma una amenaza inédita y profundamente desestabilizadora: la desinformación por parte de la más alta magistratura del país. Un presidente cuestionando deliberadamente la legitimidad del proceso democrático y la integridad de sus instituciones. Esto es inaceptable. Como bien lo expresa el Registrador Penagos “Si queremos integridad electoral en Colombia, la primera condición que hay que entender y defender es la categoría de la autoridad electoral en nuestro país, es decir, la independencia y autonomía de la Registraduría Nacional del Estado Civil”.

La erosión de la confianza pública no es un asunto retórico: es el primer paso hacia la inestabilidad democrática. Cuando se instalan narrativas de fraude sin pruebas, lo que se pone en juego no es solo un resultado electoral, sino la credibilidad misma del sistema. Un órgano electoral, como bien lo ha señalado el Registrador, requiere tres condiciones: confianza ciudadana, autonomía e independencia sin injerencia gubernamental. Lo mismo ocurre con los observadores, los organismos de control y las Cortes. Las elecciones son un asunto de Estado, no de gobierno.

En una democracia madura, las instituciones electorales no son adversarias del poder político. Son su límite legítimo. Son la garantía de que el poder cambia de manos por la vía pacífica. Tocarlas, debilitarlas o deslegitimarlas parece una estrategia política, pero es un riesgo institucional.

Hoy la Registraduría está haciendo su parte. La MOE está haciendo la suya. Los organismos de control y las Cortes cumplen su rol. Lo mínimo que puede hacer la dirigencia política y la ciudadanía es defender su independencia. La democracia colombiana ha resistido violencia, crisis económicas y polarización extrema. También resistirá este momento, si quienes creemos en las instituciones tenemos la claridad de respaldarlas cuando es necesario. Que no nos quepa duda: en esto tenemos que estar juntos.

Porque hay algo que no puede cuestionarse sin poner en riesgo todo lo demás: la integridad del sistema electoral. Y ese sistema, con sus autoridades, sus observadores y sus jueces, merece respaldo, no sospecha.

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