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Por Sergio Molina - opinion@elcolombiano.com.co
Presencié el momento en que una señora condicionó su atención a un político: lo escucharía solo si no prometía imposibles. “Por supuesto”, replicó él mientras repasaba su guion de promesas. Se esforzó en subrayar su rol de padre de familia y en fingir que, como cualquier ciudadano de a pie, sufría por el precio de los huevos y el costo del pasaje. En campaña, hay candidatos que alucinan y mienten, se descontextualizan, son mañosos; mentiroso el mensaje y mentiroso el mensajero. Como dijo Hannah Arendt (1906-1975), en Verdad y política: “Nadie ha dudado jamás con respecto al hecho de que la verdad y la política no se llevan demasiado bien, y nadie, que yo sepa, ha colocado la veracidad entre las virtudes políticas. La mentira siempre ha sido vista como herramienta necesaria y justificable para la actividad no sólo de los políticos y los demagogos sino también del hombre de Estado”. Una amiga decía que votaría por quien, en un debate, respondiera con un “¡no sé!” o “tengo que averiguar al respecto”, aceptando que no se las sabe todas.
Cada vez son menos los ciudadanos que, encontrándose a un aspirante a elección popular en la calle, le dicen a priori: “¡Qué candidato más simpático es usted!”, porque los nuevos votantes disciernen la forma y el fondo, la veracidad de lo dicho y la posibilidad de lo ofrecido. Ciudadanos que no aplauden porque sí a candidatos automatizados con cara de bravos y severidad impostada, que anuncian “investigaciones exhaustivas”. Esos que asumen arquetipos de otros presidentes, con barba delineada para parecer perfectos. Ese outsider puede terminar improvisando. Optemos por quien no venda odio y retaliación, que no ofrezca ni diga ligeramente que hará, lo que otros no; elijamos a quien siempre haya planteado soluciones y no tenga la vocación por lo público como algo de último momento. Que nuestro voto sea por quien conozca y respete la separación de poderes, que respete a la prensa, a los periodistas que preguntan en nombre de los ciudadanos que no le veremos en la calle, elijamos a aquella persona que no frecuente apetito por el poder, el dinero, la fama y la imagen, ni pulsión por los excesos.
La propuesta electoral debe partir de la realidad nacional y trabajar con lo que hay. La persona elegida no puede sacar muchas cosas del sombrero, aunque Colombia es el país de las posibilidades, gobernarla no es cosa de magia si no de realidad y capacidad. El ocurrente que prometa salvar a Colombia destripando, asume posturas temporales de mercadeo, proponiéndose como mesías, con características de enajenado político que observa desde la periferia y salta al ruedo intempestivamente para dibujar imposibles. Finalizando la historia con la que inicié, la señora se llevó la propuesta que el político le entregó, alejándose a medio convencer y sentenciándole: —Oiga, hasta en la foto se ve diferente. —¿Mejor? —preguntó el animado candidato. —Más retocado —respondió ella—. Lo digo convencida, porque sé que no lo volveré a ver.