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Emocionémonos mejor

hace 51 minutos
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Por María Bibiana Botero Carrera - @mariabbotero

Colombia se ha convertido —como lo advirtió en El país de las emociones tristes, Mauricio García Villegas— en una sociedad atravesada por emociones que debilitan el vínculo colectivo. Retomando una vieja distinción filosófica, el autor explica nuestra vida pública: el miedo, el odio, el resentimiento y la desconfianza, empobrecen la deliberación, erosionan la confianza y vuelven más frágil la convivencia democrática. Cuando dominan, la política deja de ser espacio para tramitar diferencias y se convierte en campo de confrontación permanente.

Tristemente, ese diagnóstico sigue vigente. Por eso, cuando algunos critican la Gran Consulta diciendo que “no genera emoción”, me es inevitable preguntarme: ¿de qué emoción hablamos? ¿Qué es exactamente lo que hoy nos conmueve como sociedad? ¿El desparpajo? ¿La descalificación del contradictor? ¿La burla, el insulto o la incitación al odio? Todo eso genera ruido. Likes. Adrenalina.

Pero también ha producido un país cansado, polarizado y atrapado en emociones que no construyen futuro.

“No encienden pasiones”. Es una de las críticas más frecuentes a los nueve candidatos que hoy hacen parte de la Gran Consulta. ¿Qué tipo de emoción queremos seguir premiando en la política colombiana?

A mí no me moviliza ni el grito ni el espectáculo. No me ilusiona la política convertida en show permanente.

Me espantan los liderazgos que dividen el país entre buenos y malos, ricos y pobres, élites y pueblo.

En cambio, me genera ilusión un país liderado por personas serias, preparadas, conocedoras del Estado y conscientes de sus límites; líderes que reconocen y valoran la diferencia.

Me ilusiona un liderazgo que gobierne para todos, incluso para quienes no votaron por él. Que no vea al contradictor como enemigo. Que entienda que cerrar brechas, recuperar la confianza y volver a crecer, exige más cabeza que histrionismo. Que comprenda que la representatividad no es suficiente y que le devuelva la dignidad al servicio público.

En ese sentido, la Gran Consulta no es un ejercicio frío ni tecnocrático como algunos quieren caricaturizarla. Es una apuesta contracorriente en un país agotado de la política convertida en espectáculo. Es la decisión —difícil, imperfecta, pero necesaria— de ordenar la política antes de ofrecérsela al país. El compromiso de no incendiar para ganar aplausos.

La Consulta obliga a algo que hoy escasea: competir sin destruir, diferenciarse sin deshumanizar, construir mayorías. Obliga a poner el “nosotros” por encima del “yo”. Y eso, en la Colombia de hoy, no es poca cosa.

No es una primera vuelta ni un cierre del debate democrático. Es apenas un comienzo. Un método. Un primer filtro. Tal vez la Gran Consulta no produce euforia. Pero produce algo más escaso y valioso: confianza en que la política puede volver a ser un ejercicio serio, pensado y responsable.

En un país cansado de rabia, miedo y desconfianza apostar por la preparación y la seriedad puede parecer poco emocionante.

A mí, en cambio, me ilusiona profundamente. Porque después de tantos años de emociones tristes, Colombia necesita —con urgencia— volver a emocionarse por razones mejores.

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