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De la ola de derecha en América Latina dejaremos de hablar apenas el péndulo vuelva a girar en algún lado, y seguramente será pronto.
Por David González Escobar - davidgonzalezescobar@gmail.com
Tras la primera vuelta en Brasil (Flávio Bolsonaro 47%, Lula 45%), en todos lados se recurre al mismo análisis: la vuelta de la derecha, la derrota de la izquierda y la ola regional que, desde el regreso de Trump, ha ido pintando de azul un mapa de América Latina que estaba en rojo.
Imposible desmeritar el análisis: el cambio es evidente. Pero, en el caso de Brasil, puede ser la menos interesante de las tendencias políticas que están emergiendo: con su escala y su autarquía, el país es un laboratorio de lo que también se asoma, o se asomará, en el resto del continente. Y de esta elección salen al menos tres que en Colombia hemos visto en menor medida, pero que podrían amplificarse.
La primera: el voto influencer. Nueve de los diez candidatos más votados a la Cámara tienen menos de 40 años (el décimo tiene 41). Todos personajes de redes, todos virales y todos con una fuerte agenda de lo que hoy se podría llamar la “guerra cultural”. El diputado más votado de la historia del país, Nikolas Ferreira, es un evangélico de apenas 30 años con más de veinte millones de seguidores en Instagram que podría llegar algún día a la presidencia: el reemplazo de los políticos tradicionales por quienes se comunican de forma más efectiva en las redes sociales se hace sentir cada vez más.
La segunda: la corrupción endémica del país y la tensión entre las ramas del poder público. Hace una década, el escándalo de Lava Jato salpicó a casi todo el mundo: a Lula, que terminó preso, a media clase política y, vía Odebrecht, a una docena de países, Colombia incluida. Diez años después, sin que nada de fondo se haya resuelto, el libreto se está repitiendo con Banco Master: decenas de políticos de todas las vertientes salpicados y, esta vez, la Corte Suprema como epicentro. La firma de la esposa de Alexandre de Moraes (el magistrado que llevó el proceso que condenó a Jair Bolsonaro a prisión) tenía contrato con el banco, y él mismo, al parecer, le daba consejos en vísperas de su captura a Daniel Vorcaro, el dueño del banco, por mensajes de WhatsApp que se borraban. Ni el propio Flávio se salvó, grabado pidiéndole plata para un documental sobre su papá a pesar de negar que lo conociera.
Como Moraes pasa por aliado de Lula, el escándalo se lo cobraron más al actual presidente.
Pero la tensión política entre la Corte, el Ejecutivo y el Congreso viene de atrás: desde la destitución de Dilma, las crisis políticas de la última década han profundizado el protagonismo de la Corte y el poder presupuestal del Congreso. Esa tensión entre las ramas del poder y la corrupción que lo permea todo, llegará ahora a su punto de ebullición: a la presidencia llegará, probablemente, un bolsonarista con la bancada más grande desde 1988, la promesa de liberar a su papá, cuatro de once sillas de la Corte Suprema por nombrar y un Senado que posiblemente tendrá las mayorías necesarias para destituir magistrados.
Y, más sencilla, la tercera: la pérdida de relevancia de los partidos políticos como instituciones frente a los movimientos unipersonalistas. No es solo Flávio el que llegaría al poder arrastrado por el apellido de Bolsonaro padre: Michelle, la esposa de Jair, y Carlos, otro de sus hijos, llegan al Senado, y Jair Renan, el menor, y Renato, el hermano del expresidente, a la Cámara. Lo mismo se ve en Lula, que a sus 80 años, como un Biden del trópico, carga tanto peso en su nombre que se hace difícil pensar en un sucesor.
De la ola de derecha en América Latina dejaremos de hablar apenas el péndulo vuelva a girar en algún lado, y seguramente será pronto. De las otras tendencias que permean la política de la región, en cambio, hablaremos muchos años más...