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Ahora sé por qué nos callamos. Porque en este mundo creado por y para los hombres es más fácil vivir con un secreto que con una etiqueta.
Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo
No voy a opinar sobre los tweets, ni los pantallazos que varias colegas han compartido sobre sus historias de acoso sexual, sino de la extrañeza que me causan los comentarios que suscitan: ¿Por qué apenas ahora viene a hablar? ¿Por qué se calla los nombres de los acosadores? ¿Qué pruebas tiene? ¿Qué pretende ganar? Si el tipo le gustara apuesto a que se quedaría callada. Como se nota que los que hacen esas preguntas jamás han sido acosados. Porque, claro, los que las hacen casi siempre son hombres que empiezan a darse cuenta de que el manto de seguridad, silencio y complicidad bajo el cual históricamente han actuado, puede ser corrido en cualquier momento. Hombres que ni siquiera se han percatado de que existen comportamientos incorrectos porque muchos de ellos fueron educados para creer lo contrario, así como muchas de nosotras fuimos educadas para creer que eso era lo normal. Cuando vi el video donde Jorge Alfredo Vargas se acerca por detrás a la periodista de manera tan íntima, a mí se me removió todo: ese mismo tipo de acercamiento lo viví tantas veces que no podría contarlas y sé que muchas de mis colegas también. ¿Por qué nos quedamos calladas?
En la película Bombshell, basada en las periodistas de Fox News acosadas por Roger Ailes, el personaje de Kayla Pospisil explica la trampa del silencio: «Nadie detiene esto porque todos tienen miedo de lo que vendrá después. No denuncias para salvarte a ti misma; te callas para salvar tu carrera. Porque en el momento en que hablas, te conviertes en “esa mujer”. La mujer que se queja. La mujer que arruina la fiesta. Y nadie contrata a esa mujer».
Ahora sé por qué nos callamos. Porque en este mundo creado por y para los hombres es más fácil vivir con un secreto que con una etiqueta. Porque hemos visto la historia repetirse demasiadas veces para saber que la culpa siempre será nuestra. Porque el común de la gente juzga más a las denunciantes que al propio agresor (basta leer los comentarios en redes para darse cuenta hacia quién va dirigido el odio y la suspicacia). Porque abrir la boca significa tener que recordarlo todo una y otra vez frente a personas que buscarán grietas en tu historia. Porque sabes que los departamentos de recursos humanos no están ahí para protegerte a ti; están ahí para proteger a la empresa de una demanda.
Bien por Caracol Televisión que, en un tiempo récord, activó protocolos y apartó a los agresores. La pregunta es: ¿de no existir las redes sociales, la empresa hubiera actuado con la misma premura? No creo. Los rumores sobre el acoso en medios de comunicación no son algo nuevo y las únicas castigadas eran las periodistas que se atrevían a denunciarlo. Deberíamos seguir hablando de esto: con nombres o sin nombres, con pruebas o sin pruebas. Y no solo por nosotras sino, principalmente, por todas las que vienen detrás, que sepan de una vez que la justicia va a fallarles, pero ahora saben algo que nosotras, la de ahora, no sabíamos: sólo hay una forma de ser escuchadas y es alzando la voz todas juntas al mismo tiempo.