Pico y Placa Medellín
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No voy a decir nada que no se haya dicho antes, pero es que parece que no lo entendemos: las pantallas nos conectan con el mundo, pero nos desconectan de nosotros mismos.
Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo
Hay una nube blanca y compacta en el cielo. Estoy en el deck observándola. Al fondo ruge el mar. La brisa está quieta como cuando va a llover, sin embargo, no está lloviendo. La nube contiene una tormenta eléctrica seca y se enciende y se apaga constantemente, decenas de rayos y relámpagos le titilan por dentro. El fenómeno me genera tal fascinación que me deja sin aliento. Cuando consigo hablar llamo a mi novio y se la señalo y nos quedamos juntos mirándola con la respiración contenida y los ojos muy abiertos. Entre tanto, los pelícanos vuelan afanados de regreso a los riscos y cae la noche sin que apenas nos percatemos.
Tras casi una hora sigue sin llover y estamos completamente a oscuras en la misma posición. Ni siquiera hablamos entre nosotros, sólo queremos seguir observando el espectáculo. Por un momento entiendo en toda su dimensión el concepto del aquí y el ahora. Debemos ser las únicas personas en el mundo con el tiempo, la disposición y las ganas de sentarse a ver una tormenta atrapada dentro de una nube. No se puede pedir nada más porque la sensación de asombro y las ganas de usar todos los sentidos para admirar lo que nos rodea tendría que ser suficiente. ¿En qué momento nos convencieron de que no lo es? ¿Por qué siempre creemos necesitar más? Creer eso nos lleva a una búsqueda árida e incesante. Con razón vivimos tan cansados.
Tengo un foto que me encanta. Es primero de enero y la cabaña está llena de gente, sin embargo, hay un silencio impropio para la hora y el lugar. Entonces echo un vistazo desde el segundo piso hacia la zona social y rápidamente comprendo la razón de la quietud y el silencio: todos, absolutamente todos, están leyendo. Hay dos en el comedor, uno en la hamaca y otros dos en las sillitas de atrás. No salen en la foto, pero en las asoleadoras de la playa y en las hamacas de las palmeras también hay personas y también están leyendo. No puedo describir la emoción que me genera la escena. ¿Por qué está ocurriendo? Sencillo: porque en la cabaña no hay televisión, no hay wifi, no hay música y no entra señal de celular.
No voy a decir nada que no se haya dicho antes, pero es que parece que no lo entendemos: las pantallas nos conectan con el mundo, pero nos desconectan de nosotros mismos. Sofocan nuestras emociones. Nos roban la posibilidad de disfrutar lo que hay fuera de ellas que es, ni más ni menos, la vida misma. Nos privan de la consciencia del aquí y el ahora porque, cada vez que las miramos, o bien nos anestesian o bien nos obligan a resolver lo que ya ocurrió y a preocuparnos por lo que supuestamente va ocurrir, aunque la mayoría de las veces ni siquiera ocurra.
Suelo pasar vacaciones muy largas aquí y, por lo tanto, puedo asegurar que, tras unos días de desconexión, algo se transforma. El cerebro se calma y los sentidos se exacerban. No importa el pasado ni el futuro. Hay una enorme conciencia de estar anclado en un momento único y trascendental, tanta como para embelesarse mirando una nube y luego escribir una columna relatándolo.