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Los cinco deseos

Me conmovió darme cuenta de que los grandes aprendizajes de mi vida han sido la aceptación y el disfrute de la naturaleza, pero me conmovió más, haber llegado a esa conclusión y haber conectado con la niña que fui, gracias a algo tan sencillo, bello y gratuito como la literatura.

hace 58 minutos
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  • Los cinco deseos
  • Los cinco deseos

Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

Me preguntaron por cuentos que me hubieran marcado de niña y mencioné El jorobado del sultán de Las mil y una noches y En la diestra de Dios padre de Tomás Carrasquilla. Este último parecía que lo había traído a cuento porque casualmente estaba dando una charla en Santo Domingo, justo en la casa donde había nacido el autor antioqueño —convertida hoy en un museo que recomiendo mucho visitar—, pero les juro que no, en otros lugares y con otros públicos he mencionado esos dos cuentos con el mismo entusiasmo que cuando me topé con ellos por primera vez.

A Peralta, el protagonista de En la diestra de Dios padre, le fueron concedidos cinco deseos como una forma de premiar su bondad. Sus peticiones fueron: ganar siempre en el juego, que la muerte lo agarrara por delante, poder volverse chiquito como una hormiga, que el diablo no pudiera nunca hacerle trampa y poder retener a alguien donde él quisiera y por el tiempo que quisiera. Recuerdo que tras leer el relato yo me pasé muchos años tratando de decidir lo que hubiera pedido y cuando estaba regresando a Medellín, después de la charla, hice memoria y recordé mis deseos infantiles: volar, respirar bajo el agua, volverme invisible, viajar en el tiempo y hacer que el mundo se detuviera. El último deseo estaba influenciado por una serie llamada Vicky la robot, en la cual una niña juntaba las puntas de los dedos índices y todo se paralizaba menos ella, así podía evitar tragedias y hacer lo que quisiera sin ser vista.

Como hipnotizada por el recuerdo me pasé la semana entera volviendo a ellos y analizando su pertinencia. Una mañana, mientras desayunaba con mi novio al aire libre, reparé en la casualidad de que estuviéramos bajo la sombra de un aguacatillo, que fue justo el árbol en el que Peralta retuvo a la muerte, durante tanto tiempo, que en el cielo se quejaron porque no habían vuelto a llegar almas. Entonces le conté sobre mis deseos de niña y él me preguntó cuáles serían mis deseos de adulta y, tras pensarlo un rato, llegué a una conclusión fascinante: los deseos eran exactamente los mismos. No cambiaría ni uno solo, lo que cambiaría es, tal vez, la forma de usarlos. Por ejemplo, no detendría el tiempo para desviar la bala que mataría a mi padre, sino para alargar los buenos momentos que pasamos mientras estuvo vivo. No querría volar para visitarlo en el cielo, ni respirar bajo el agua para evadir la realidad de su ausencia, sino para asombrarme con la belleza y la inmensidad del mundo. Me conmovió mucho darme cuenta de que los grandes aprendizajes de mi vida han sido la aceptación y el disfrute de la naturaleza, pero me conmovió aún más, haber llegado a esa conclusión y haber conectado con la niña que fui, gracias a algo tan sencillo, tan bello y tan gratuito como la literatura. Y todavía hay gente que pregunta que para qué sirve leer.

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