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José Guillermo Ángel
Columnista

José Guillermo Ángel

Publicado el 26 de marzo de 2022

Sobre ¡ay, qué cansancio!

Estación Estrés, en la que hacen fila los alcanzados de tiempo, así manejen dos relojes (el de muñeca y el celular); los que llegan tarde y fatigados debido a moverse entre la contaminación, el ruido y las motos; los que dicen “hoy es lunes” y ya, mañana, viernes (o ya termina marzo y en poco ya será diciembre); los que estiran las cosas hasta que al fin no las hacen; los que han dormido mal porque no saben si cerraron los ojos o durmieron con ellos abiertos; los que rezan y parece que se equivocaran de dios, pues nada del milagro; los que van entre soles y aguaceros pensando que pueden encogerse o desteñirse; los que ven y oyen noticieros, apagándolos cada tanto para que la noticia no siga; los que ya no recuerdan si están vestidos o no y por eso se miran en todas partes, etc. La gente que llega a los lindes de Estrés varía con la edad, los deseos y las intenciones. Pero es masa cuando camina mirando el celular para enterarse de todo, pero sin saber por dónde o a qué van.

Es claro que el estrés nace del cansancio acumulado, ya por tareas que no se han terminado (lo que incluye estar caminando o haber despertado antes de cumplir con las ocho horas de sueño), por emociones que no logran satisfacción o por estar viviendo continuamente en tiempo total real, es decir, por recibir información permanente (y especulativa) proveniente de todas partes, las lejanas y las cercanas. Información que no concluye, lo que impide un análisis certero y profundo y une a un jinete del Apocalipsis con otro (están presentes el de la peste, el de la guerra y ya se habla de hambruna), llevando a que entremos en una cosa que muta y, como en las raíces de Yggdrasil (el árbol universo de la mitología nórdica), aceptemos que el pasado es nuestro destino; el presente, la celeridad, y el futuro, las intenciones.

La realidad presente, que antes se conformaba con lo que había pasado y hacía votos para que lo malo no pasara más (las guerras eran historia, las plagas algo de la Edad Media), ya es una realidad mediática, desmesurada y escatológica (propia del fin de los tiempos), en la que todo lo peor está presente. Una realidad llena de diablos poniendo obstáculos y voces permanentes de alerta, premoniciones terribles y una lentitud terrible en lo que reclama un final (nada que cae Kiev, nada que cede el covid, nada que se recupera la confianza, etc.). Y, bueno, ahí vamos, acelerados, sintiendo el tiempo a las carreras y cansados, con ganas y sin ellas.

Acotación: Una sociedad cansada se vuelve decadente. Y en ella la frase de Barteleby el escribiente, el cuento de Herman Melville, es una manera de actuar: lo hago, pero preferiría no hacerlo 

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