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¿Todos amenazamos?

Lo peor que nos pudo pasar a los colombianos fue acostumbrarnos a las amenazas, a sumar muertos y miedos. Fue decirnos que todo tenía que seguir, así el resultado de esto fuera el abismo del que pendemos hace años.

12 de mayo de 2023
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  • ¿Todos amenazamos?

Por Diego Aristizábal Múnera- desdeelcuarto@gmail.com

Yo amenazo, tú amenazas, él amenaza, ella amenaza, nosotros amenazamos, ellos amenazan. ¿Todos amenazamos? Amenazamos con irnos de la casa si estamos aburridos, amenazamos con ciertas cosas que terminan siendo irrelevantes, pero de ahí a amenazar a alguien, de advertirle que se cuide porque si no se muere, hay una imposibilidad. La vida en Colombia tiene que ser sagrada, así para algunos pese más el plomo que el corazón.

Amenazar es un acto que daña muchísimo y quien amenazó jamás debió disparar los improperios, jamás debió violar la intimidad del otro, el sentido hermoso de vivir en un país en el cual tendríamos que transitar libremente y sin miedo, sin que un bandido defina si yo debo o no seguir viviendo.

¿Qué hace que alguien sea capaz de intimidar, de violentar la tranquilidad de una persona y su familia? ¿Quién es quién para contarle los días al otro, para decirle que se cuide porque está siendo incómodo?, ¿quién es quién para apoderarse de una esquina, de una cuadra, de una zona, de un país?, ¿quién es quién para que sus palabras aterradoras hagan actuar al amenazado porque en estos casos más vale temer un poco, no sea que la estupidez y el desprecio destruyan una vida?

Mientras escribo esto pienso en la gente que amenazan en los pueblos, en las veredas, en nuestros barrios y cuya ayuda no siempre les llega como debiera, a tiempo. Pienso en la tranquilidad perdida, en todos los silencios, en todas las vidas arruinadas y en los desenlaces que apenas sabremos, dependiendo de su nombre, de la gravedad de la amenaza o del tipo de asesinato.

Nuestro país clama apenas de vez en cuando, tenemos ese vicio, aunque perfectamente en Colombia uno podría pedir justicia todo el tiempo, todos los días, lo cual evidentemente no es normal; sin embargo, la verdad es que así no sea normal tendríamos que hacerlo todo el tiempo por el vecino que intimidan, por el ciudadano que violentan, por el sindicalista que amenazan, por el campesino que desplazan, por los líderes y los periodistas que hacen lo que tienen que hacer y los estigmatizan.

Por cada injusticia tendríamos que sentar una protesta que vaya más allá de un lamento. ¿Y para qué si nunca tendríamos sosiego? Pues no importa, lo peor que nos pudo pasar a los colombianos fue acostumbrarnos a las amenazas, a sumar muertos y miedos, fue decirnos que todo tenía que seguir, así el resultado de esto fuera el abismo del que pendemos hace años, de la terrible desazón que sentimos muchas veces cuando amanece y abrimos las páginas de nuestros medios, hablamos con las personas en la calle y creemos que por más que se haga, por más que se quiera, el cambio deseado se parece más a un espejismo que a la realidad.

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