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Triple equis

Las consecuencias del desmadre en el que lleva Twitter -ahora X- desde el pasado octubre cuando cambió de manos, se sentirán con fuerza en el debate público y en la política mundial.

09 de agosto de 2023
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  • Triple equis

Por David E. Santos Gómez - davidsantos82@hotmail.com

Los vecinos de las oficinas de Twitter en San Francisco, Estados Unidos, descubrieron con un estallido de luz insoportable que el gigante de la tecnología había cambiado su nombre y su logo. Del pájaro azul se pasó a una X en referencia directa al conglomerado empresarial de Elon Musk y los encargados de la sede central, en una muestra de prepotencia vergonzosa, pornográfica, instalaron en su techo la letra gigante y la prendieron en la noche para demostrar su poder. Un edificio de concreto coronado con una X que emitía intermitentemente destellos de luz blanca. Como después de las múltiples quejas las autoridades de la ciudad descubrieron que el letrero no solo era incómodo sino, además, peligroso e ilegal, tuvieron que desmontarlo.

El poco tiempo que estuvo la publicidad contaminando visualmente, con su penosa arbitrariedad, es un resumen patético del revolcón que ha sufrido la empresa de microblogueo desde que Musk la adquirió por 44 mil millones de dólares. Absorta en la personalidad del magnate y bajo una aparente promesa de libertad total, la red continua su deterioro como plataforma de diálogo. A su llegada Musk disminuyó en cerca de tres cuartos la planta de empleados (muchos de los cuales se encargaban de curar el contenido y mantener a raya los abusos) y enfocó la nueva administración en la rentabilidad. De allí que se empiece a cobrar por las verificaciones de las cuentas o, para aquellos que no paguen una mensualidad, se limite el número de trinos que un usuario puede ver en un día.

Pensará uno que la empresa es de Musk y él podrá hacer lo que se le venga en gana. Modificar los términos para aquellos que la usan, eliminar los filtros que detenían las noticias falsas o el matoneo o las conspiraciones, desfigurarla hasta que sea irreconocible. Destruirla, si es que quiere. Sin embargo, las consecuencias del desmadre en el que lleva Twitter -ahora X- desde el pasado octubre cuando cambió de manos, se sentirán con fuerza en el debate público y en la política mundial. La irracionalidad del nuevo dueño, sus pataletas y sus caprichos, generan una particular ambigüedad en la información a la que accedemos diariamente, interfiere en la búsqueda de la verdad y, en consecuencia, permeará las decisiones ciudadanas y la democracia.

Nada de lo dicho anteriormente se puede enlistar como una preocupación de Elon Musk. Él acelera. Apuesta cada vez más. Hace y después pregunta. Da igual que sea la instalación de un letrero luminoso sin permiso o el despido masivo de los trabajadores que sostienen la red social. Cuando alguien critica sus movimientos y acusa los peligros que conllevan, él responde con el único argumento que le interesa y pide que se vea el precio de las acciones. Y en su estrecha interpretación de lo que significa el éxito tiene razón: la gráfica muestra que, en medio de las turbulencias, el valor de su compañía no hace más que subir.

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