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La Fiscalía debe salir de su marasmo para que las denuncias no se queden en otro escándalo más de los que a diario se mueren en la administración de justicia.
Por Alberto Velásquez Martínez - opinion@elcolombiano.com.co
El Libro Blanco de la Verdad es el vivo testimonio de las truculencias que se cometieron en el anterior Gobierno. Para empezar el rosario de atrocidades, se gastaron 36 billones de pesos –igual cantidad de lo que cuesta la reconstrucción del país obligada por el terremoto– en nóminas paralelas, formadas por 900 mil contratistas. Fue la danza del despilfarro de un régimen de farándula y marrullería. No faltó escándalo por cometer, mentira por protocolizar, corrupción por patentar. Un régimen que si se prolonga un poco más, habría acabado por ahogar al país en el pantano.
Por sus páginas desfilan como sombras chinescas sindicaciones de los más variados delitos que, según algunos penalistas, podrían ir desde el peculado, el cohecho, pasando por el interés indebido en la celebración de contratos y sin cumplimiento de requisitos legales, hasta llegar a lavados de activos. No se habría quedado página del código penal por violar.
A la expansión de los grupos subversivos se respondió con la disminución en la capacidad física de las Fuerzas Armadas. El déficit castrense llega a los 14 billones de pesos. Y de encima, a los pobres viejos –nuestros congéneres– los dejaron sin bonos pensionales porque se gastaron la plata en los primeros meses del año en las resacas de las fiestas decembrinas.
La entrega de tierras como parte esencial de la reforma agraria –con la cual desde 1966 se viene ilusionando a los campesinos– fue otro fiasco, según el Libro Blanco del comportamiento negro de los que llevaron este país al caos. De más de 350.000 hectáreas adjudicadas, solo 90.500 tienen los registros en regla. Petro y su combo entregaron tierras sin títulos “a pesar de que destinó un billón de pesos para la compra de predios”. Creía que estaban en una rifa parroquial.
La cereza del bizcocho es el déficit fiscal, del que hemos hablado tanto. No solo es una tronera irrefrenable, sino que buena parte de la deuda que lo originó está contratada a las tasas más altas de la historia del endeudamiento colombiano. Con el agravante de que sus vencimientos están previstos para los años que corresponden al cuatrienio de Abelardo.
Le corresponderá ahora a la Fiscalía determinar si hay responsabilidades penales en todos esos delitos. Debe salir de su marasmo para que las denuncias no se queden en otro escándalo más de los que a diario se mueren en la administración de justicia. Tiene que verificar con rigor los elementos probatorios para cerciorarse de sus evidencias y la oportunidad de reivindicarse, porque hay sospechas sobre su parcialidad. No los puede dejar enfriar la fiscal bajo el pretexto de que año y medio que falta para su retiro, es tiempo insuficiente para decidir. Y así toda la alharaca se convertirá en impunidad, quedándose el “libro de la verdad” en simple pieza de museo bibliográfico.
A este país no lo encontró el Tigre en convalecencia. Lo topó en cuasi bancarrota y al borde de un sismo que le puede derrumbar lo mejor de la obra de teatro.