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Cuando le pasan cosas malas a la gente buena: Moscas, de Fernando Eimbcke

hace 39 minutos
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Las películas con niños suelen ser chantajistas. No tiene nada de malo, claro, porque uno va al cine a que lo conmuevan, a que le apachurren el corazón, y el chantaje emocional es un recurso como cualquier otro. Lo sabemos desde que Jackie Coogan, que luego supo ser Oliver Twist y luego fue Tom Sawyer (porque la literatura ya sabía también lo del chantaje) nos miraba con esos ojazos tristes mientras se paseaba de la mano de Charles Chaplin y era perseguido por un policía malencarado en “The kid”. En el cine las víctimas del delito accedemos al crimen por voluntad propia.

En “Moscas”, que se puede ver desde esta semana en MUBI —¡y qué bueno que las plataformas nos permitan ver todas esas buenas películas en que las distribuidoras y los exhibidores no pusieron mucha fe! —, tienen la enorme sabiduría cinematográfica de dosificar el dolor, que en cantidades muy grandes es lo verdaderamente insoportable del chantaje emocional. Porque si ya hay un niño —un niño maravilloso que en la película se llama Cristian y en la vida real Bastian, igual que aquel que protagonizaba “La historia interminable”, de Michael Ende—, es mejor no excederse y sumar desgracias a las desgracias, para no saturar al espectador que ya sabe que la tragedia acecha a los niños en nuestros países del Tercer Mundo, tan proclives a evitar que lleguen a la adultez.

Dosificar el dolor no significa esconderlo. El guion de Vanesa Garnica y Fernando Eimbcke, que también dirige, con la misma precisión y certeza que han sido marcas de su obra desde aquella “Temporada de patos” que nos deslumbró en 2004, es especialmente sensible y cuidadoso en apelar a la inteligencia del espectador en vez de a la imagen explícita. Sabemos que Cristian y su papá pasan hambre, pero el sánduche que se arman poniéndole mayonesa de sobre de alguna cafetería generosa, se ve apetitoso por obra y gracia del blanco y negro de la fotografía. En este caso la ausencia de color sirve además para alejar a la película de un realismo que no le haría bien por la bondad (una serie de adultos amables que van apareciendo en el camino del niño) y los toques poéticos y de fantasía que están regados por la trama.

Lo de las moscas del título tiene más que ver con Olga, la dueña de la casa donde el papá de Cristian alquila una pieza para poder quedarse cerca del hospital. Porque Olga no descansa hasta acabar con la mosca que interrumpe sus actividades con el sudoku y las sopas de letras. No quiere interrupciones en un enojo que se le ha enquistado en el alma. Pero Cristian y sus ojazos, que también serán perseguidos por un policía malencarado, despiertan en ella emociones que tenía enterradas, como la piedad o el sentimiento de solidaridad que nos salva a los tercermundistas ante el horror. Mientras recuerda juegos con dinosaurios, piratas e invasores siderales, recuperará su humanidad y su compasión, a tal punto de que las moscas volverán a estar a salvo. En el cine, las víctimas del chantaje terminan siendo héroes; en eso el arte tampoco se parece a la vida real.

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