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Reírnos para no llorar: La invitación, de Olivia Wilde

hace 53 minutos
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  • Reírnos para no llorar: La invitación, de Olivia Wilde
  • Reírnos para no llorar: La invitación, de Olivia Wilde

¿Para qué escribir sobre una película en que una calle tranquila y muy gringa se convierte en una versión suburbana de Jurassic Park, aunque esté protagonizada por Anne Hathaway, si lo único que vemos desde hace una semana en los noticieros son calles igual de destruidas, pero sin dinosaurios? ¿Qué necesidad de hablar de alguna de los cientos de películas de terror mediocres que se estrenan en Colombia cada año, si desde el terremoto que sacudió hace ocho días a nuestro país, ya hay millones de personas que no pueden dormir, muertas del pánico? Si en días normales una buena comedia es un regalo impagable, que alivia el alma y aligera el cuerpo, después de una tragedia como la del pasado 10 de agosto, una comedia magnífica, como La invitación, es casi un artículo de primera necesidad, un antídoto contra el pesimismo que, con razón, nos invade en día aciagos como los que vivimos.

Como ya había varias mujeres en su familia que se dedicaban a la literatura, Olivia Jane Cockburn se inspiró en escritores que admiraba cuando llegó el momento de escoger un “nombre artístico”. El apellido que usa desde entonces es el mismo de Oscar Wilde, y de él es la cita escogida como epígrafe para comenzar La invitación, una de las mejores películas estadounidenses estrenadas en lo que va del año: “Uno debería estar siempre enamorado. Por eso uno nunca debería casarse”. Aquí no hay engaños ni falsos optimismos. Desde esa óptica ácida es que nos van a presentar a los dos matrimonios conformados por Angela y Joe, los dueños del apartamento donde todo ocurre, casados hace más de 15 años, aburridos con las vidas que llevan tanto juntos como por separado, y por Pina y Hawk, los vecinos de arriba, que no los están dejando dormir con sus jornadas de sexo escandaloso.

El primer largometraje de Wilde, Booksmart, ya mostraba que era una directora dotada para la comedia, una habilidad que aquí se desarrolla en plenitud, pues la directora y protagonista consigue dotar al guión de Will McCormack y Rashida Jones de una amargura cotidiana y una ironía malgeniada que permiten que muchos en el público se identifiquen, si no con la situación específica, con esa pelea de baja intensidad que parece inevitable en ciertas temporadas de los matrimonios prolongados. Seth Rogen está más que estupendo, porque Wilde tuvo el buen tino de no permitirle los clichés de tonto con los que ha construido su carrera. Aquí es todo fuego y sarcasmo lleno de bilis. E igual que Almodóvar, Wilde saca lo mejor de Penélope Cruz, que además de vestir de sensualidad a su criatura, la adorna con matices inesperados en distintos puntos de giro de la historia.

Superando por mucho la obra de teatro y la película original de Cesc Gay, Olivia Wilde construye una comedia deliciosa y corrosiva, que produce carcajadas honestas entre el público. Esas carcajadas que a lo mejor estamos necesitando más que nunca en Colombia, para recargar ánimos y enfrentar lo que sigue.

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