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El gabinete de curiosidades
Crítico

Diego Agudelo Gómez

Publicado el 10 de noviembre de 2022

El gabinete de curiosidades

Había una maleta roja debajo de una de las camas. Era una maleta roja de cuero falso, con cerradura pero sin llave. Supe que había sido el equipaje de mis padres en sus primeros años de recién casados errantes. Sobre la maleta regía una prohibición. Nada de lo que había en ella era de mi incumbencia y durante mucho tiempo me mantuve alejado. En ocasiones, acompañaba a mamá cuando organizaba las cosas que guardaba en ella. El vestido con el que se casó. Algunas cartas que se había cruzado con papá. Mis primeros disfraces, uno de campesino que atesoraba o uno de cucarrón que yo odiaba porque en las fotos parecía un gallinazo.

Esa maleta era un misterio latente debajo de la cama. Yo deseaba con muchas ganas explorar a solas su contenido, pero como estaba prohibido temía las represalias, que probablemente se hubieran reducido a una de las tundas impetuosas que mi padre sabía ejecutar con su cinturón de cuero. El precio no era tan alto, si lo pienso ahora, pero en aquella época me aterrorizaba esa furia desatada de papá. Sin embargo, en algún punto fue más fuerte la curiosidad que el miedo y algún día que me quedé solo en casa —quizás un domingo, cuando se iban para misa y yo hacía un berrinche para quedarme viendo películas— me atreví a meterme debajo de la cama y sacar la maleta para hacer un inventario de sus maravillas. El vestido de novia de mamá, de un color salmón ajeno a cualquier ceremonia marital que yo hubiera visto en las telenovelas, me conmovía, aun a mis siete años había algo en ese vestido que me envolvía con encanto. Las pocas cartas de amor arracimadas por un endeble caucho me parecían documentos demasiado viejos, escritos en tintas corridas de lapicero azul o rojo que parecían rescatadas de un naufragio. Mis papás habían vivido en sus primeros años de casados en Acandí, pueblo de mar y selva cuya humedad se estaba llevando las palabras que se dedicaron cuando estaban empezando a enamorarse. Otra cosa que mamá guardaba en la maleta roja era la botonadura de los vestidos de charro de papá. Herrajes plateados con figuras de herraduras y caballos que ella ceñía pacientemente a los pantalones de papá para que él pudiera lucirse como un auténtico cantor mexicano durante las serenatas.

Mi delito de hurgar en la maleta roja me puso en contacto con esos objetos mágicos, pero también se albergaban allí algunos objetos malditos. Había una colección de tres o cuatro revistas pornográficas, llamadas Suecas. Cada número traía una selección abrumadora de fotografías que me mostraron por primera vez la manera en que pueden juntarse la carne y los pelos y los fluidos y las bocas y las miradas y los dientes y las lenguas. Sentí repulsión y espanto porque sabía que a mi edad era prohibido mirar esas imágenes. También sentí fascinación y alegría porque sabía que a mi edad era prohibido mirar esas imágenes. El otro objeto maldito que encontré en la maleta roja fue una pistola, o la réplica de una pistola. Era una imitación de pasta de una pistola de vaqueros. Una colt 45 o una Smith & Wesson, yo amaba las películas de vaqueros. Tomé esa pistola y le apunté a los cuadros, a mis juguetes, le apunté a las ollas de la cocina, le apunté a un espejo. No la disparé, estaba descargada. Si hubiera tenido municiones, habría salido disparada de su cañón una ráfaga de aleluyas. Era la pistola con la que mi papá remataba las serenatas de las quinceañeras. Aún así, era un objeto maldito.

Guardé todo antes de que mis papás regresaran y repetí la transgresión siempre que me quedaba solo. Memoricé las imágenes de los objetos malditos y le apunté a cada minúscula cosa de la casa con los objetos malditos. Esa maleta roja fue mi gabinete de curiosidades durante mucho tiempo.

Mi excusa para contar esto es la serie El gabinete de curiosidades que se estrenó en Netflix. Una antología de cuentos de terror concebida en la imaginación teratológica de Guillermo del Toro. En los primeros minutos del primer episodio, el director explica el funcionamiento de los gabinetes de curiosidades: muebles, casas o salones en cuyos cajones o habitaciones se exhiben objetos, mágicos o malditos, que cuentan una historia. Empecé a ver la serie y recordé mi gabinete personal de curiosidades y, con ese recuerdo, todo lo mágico y todo lo maldito que el pasado arrastra.

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