Esa invisible oscuridad
Crítico

Diego Agudelo Gómez

Publicado el 10 de febrero de 2020

Esa invisible oscuridad

Resulta que a fin de cuentas, Bojack Horseman es una bocanada de oscuridad. Es tragar una semilla de gran tamaño uno de esos días en que la garganta está inflamada y lacerada en su interior, pero ¡ah, con qué placer deja pasar uno ese doloroso trago! Durante seis temporadas, esta serie de Netflix nos dejó sumergirnos en un mundo de bestias antropomórficas cuyas angustias, traumas, alegrías, tragedias, y jodidas adicciones confeccionaban un espejo crudo del mundo actual. La honestidad es la marca de fábrica de esta serie. También el humor, negrísimo; y una narrativa ingeniosa que hacía uso de un arsenal inagotable de recursos para contar la trama de cada episodio.

Si en un episodio el monólogo de Bojack Horseman era el modo minimalista de escudriñar en su pasado; en otro, su silencio obligado por visitar un mundo subacuático, era la manera de mostrar las estrategias de la tristeza para corroer desde adentro y enviar destellos de su voraz festín a través de la mirada.

Los creadores y guionistas de Bojack Horseman pavonearon durante las seis temporadas una destreza envidiable para inyectar humor en situaciones que en la vida real merecerían cascadas de llanto: la muerte por sobredosis de una artista, la imposibilidad de concebir un hijo, el abuso de menores, el olvido de los ancianos, el cáncer licuando los órganos de un amigo, el incurable alcoholismo... La magia sucede cuando ese humor ni siquiera busca detonar risas gratuitas en la audiencia, la risa que surge del humor de Bojack Horseman encubre la compasión y la empatía que nace hacia los personajes: ese cariño arraigado que surge ante los héroes que dejarán una huella en el universo de ficciones con el que se nutre nuestra imaginación.

Fue difícil aceptar que la serie emitiría una temporada final. Despedirse de una historia también cuesta. La opción de repetirla siempre existe, pero la posibilidad de sorprenderse con una nueva aventura queda cerrada. Quizás es lo más sano para que las tramas no se vuelvan rancias ni los chistes repetitivos, cosa que le viene ocurriendo hace muchos años a Los Simpsons.

La despedida también sembró una curiosidad emocionante. ¿Cómo sería el final del personaje? Imaginé muertes truculentas, un amor encontrado en la madurez, recepciones matrimoniales desastrosas, una fuga hacia el anonimato por parte de quien vivió con la fama al cuello, incluso quise ver a Bojack rodeado de pequeños potros gozando las bondades de un padre redimido. No acerté con ninguna de las predicciones, tampoco diré cuál fue el final para no arruinar la sorpresa, solo diré que me quedó una sensación agradable, plácida, una tristeza que se acepta con estoicismo porque es un núcleo alrededor del cual puede germinar el bienestar que todos perseguimos.

El final de Bojack Horseman no disipa la oscuridad que discurre en el subsuelo de su trama, en cambio la abraza como es y deja que los personajes se lancen a sus abismos sin que ello signifique perdición o condena. Al final queda una sensación de obra inconclusa, como un libro cuya última página fue arrancada, pero esta ausencia no es un bache y tampoco se trata de un final abierto, es solo la fidelidad de los guionistas con el espíritu de la serie: cualquier escena puede ser definitiva; cualquier diálogo, contundente; cualquier silencio basta para comunicar lo innombrable.

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