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Hanna, fábula de una asesina
Crítico

Diego Agudelo Gómez

Publicado el 18 de julio de 2020

Hanna, fábula de una asesina

La asesina tiene en los genes el sigilo de los lobos y la agudeza visual de los felinos. Al parecer, la estructura de su adn fue modificada desde el vientre materno. Ingenieros, genetistas y militares pretendieron crear una perfecta máquina para hacer cadáveres, pero el destino de la asesina no estaba escrito y en sus primeros días de vida despertó la compasión de un supersoldado que la ayudó a escapar, la crió en el bosque, le enseñó mortales técnicas de lucha, los secretos de la caza, el arte de construir trampas infalibles, de descubrir en el pasto los signos leves de la presencia animal, también el inconfundible rastro del enemigo.

Entonces los creadores de la asesina, burócratas, espías, agentes de las dependencias secretas del gobierno, refuerzan la persecución y la encuentran, la traen de nuevo a una civilización que despierta toda su violencia contenida, sus reflejos de fiera acorralada, su virtuosismo con los puños y las pistolas, su talento para la infiltración, su inclinación inevitable a la más sola de las soledades. La fuga exitosa exige sacrificios y la asesina hace los más grandes. La libertad tiene un costo y ella paga el más alto. La asesina solo puede ser libre en el exilio y nunca dejará de mirar por encima del hombro esperando una nueva aparición de sus perseguidores.

Los ojos de la asesina proyectan una mirada salvaje. En ellos se mezclan el acecho y el hambre, temor a los depredadores e instinto de caza, solo faltaría que estuviera desnuda en la naturaleza para creer que pertenece a una especie ancestral de la que descendieron aquellas criaturas que encabezan la cadena alimenticia. En su viaje heroico, la asesina encuentra a sus semejantes. Otras asesinas que no fueron bendecidas con la huida, domadas en un redil de cercas eléctricas y francotiradores, adiestradas para cumplir órdenes macabras y actuar sin conciencia como mercenarias implacables. El encuentro es la chispa inicial de una revolución. Unidas en manada, las asesinas podrían salir invictas de cualquier batalla pero antes de conquistar el reino la asesina tendrá que descender a los infiernos y dejar que su carne sea transformada por las llamas.

Entonces, en la segunda temporada de su aventura, parece ablandada pero no fue el contacto con la civilización ni el dolor de la pérdida lo que revela sus flaquezas. La mano incompetente de un guionista tuerce su incomparable destino y lo conduce a un desfiladero de lugares comunes, escenas sacadas del sombrero y acciones incoherentes que enturbian el encanto inicial que esta asesina despertaba.

Ahora, su nombre es tan terrenal como el de cualquiera. Es la común Hanna, tan impulsiva como una adolescente malcriada, incapaz de elucubrar planes quirúrgicos para librar sus batallas, torpe en la ejecución de sus evasiones, domesticada al punto de que sus arrebatos bestiales parecen berrinches ominosos que podrían aplacarse con una simple bofetada. En un universo en el que las historias no están separadas sino que suceden en el plano de una realidad común, el linaje de asesinos y niños salvajes conspiraría para reeducar a Hanna y convertirla de nuevo en esa criatura elementalmente furiosa de la primera temporada. Veo a la Villanelle de Killing Eve como su tutora en las minucias del disfraz y el camuflaje, y no estaría mal que la asesina pródiga aprendiera un poco los ademanes satíricos que la desquiciada Villanelle emplea a la hora de lidiar con sus enemigos. En esta academia de rehabilitación de soldados universales también veo al Barry que en HBO pretende cambiar su profesión de sicario por el arte dramático, quien podría enseñarle escepticismo, puntería y sobre todo, aunque de modo involuntario, le mostraría cómo evitar que cualquier plan se convierta en un fiasco. Lo que aprenda Hanna en las próximas temporadas depende en últimas de que los guionistas que la conciban sepan escuchar el estropicio generado por sus pasos en falso.

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